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Todavía no sabemos si la barba confiere respetabilidad y carácter. Tampoco si añade perspectivas estéticas a la figura humana, pero es innegable su vigencia en la historia.

Esa íntima conexión entre lo bello y lo feo también ha trajinado al hombre. Hoy día los cirujanos plásticos tienen mayoría del género masculino entre sus pacientes. Antes decían que el hombre “es como el oso, mientras más feo más hermoso”. Ahora se impuso aquello de que mientras más feo, peor para él. En esa conciliación imposible nace una serenidad que suscita una sonrisa burlona.

Los ciudadanos de Roma la grande, que sometieron al mundo, se afeitaban. Julio César y Augusto no llevaban barba y solo a partir de la época romántica de Adriano, fue cuando empezó a ponerse de moda la barba espesa. Hitler y Stalin tenían bigote, Bolívar patillas, Lincon, Núñez y Mosquera elegantes barbas. Pero hace más de cien años, aquí, no tenemos un presidente con barbas.

La barba ha dado para reflexiones timoratas: como aquella de que cuando afeitan al vecino, hay que poner la barba a remojar. Por lo general cuando notamos ese proceso en el vecino ya nos afeitaron.

La barba prescinde de un momento importante en la vida de cada quien: el de afeitarse. Esa confrontación consigo mismo, ante el espejo, es una especie de careo con alguien que cada día conocemos menos, pese a los esfuerzos por lograr aquello de “conócete a ti mismo”. Pero como están las cosas, tal vez es mejor no conocerse tanto para no caer en súbita depresión. Afeitarse es un ritual que tiene connotaciones profilácticas. Dizque hacerlo a diario es una obligación, un requisito para el aseo y la higiene. Además tenemos simpatía con Gillette, multinacional que se asociaba con momentos gloriosos del deporte. Para enlazar el béisbol con el boxeo, repiten algo de una cabalgata.

En cambio las bebidas azucaradas invitan a refrescarnos, sin percatarse que todos los sedentarios del planeta, sus clientes, nos divertimos viendo cómo sudan otros. Así se pondere lo de mente sana en cuerpo ídem.

Un buen amigo tiene la insolente actitud de incrementar el disgusto de su mujer ante alguna de sus pilatunas. Le pide que le preste su máquina de afeitar, dizque por la cara de hombre con que amanece la ofendida.

La vieja barbera inspiraba respeto, mientras las navajas actuales apenas parecen sacapuntas de lápices. Cuánta degradación. Peor les va a algunos cirujanos que no usan bisturí en una técnica llamada laparoscopia.

Lejos de ser un ahorro de tiempo, la barba es un desperdicio del mismo. Al igual que los calvos dedican mucho tiempo al cuidado del cabello. Lo ideal sería ponerse la piel de la calva en la barba y la de ésta en la cabeza. Así, no se requeriría afeitada y se acabaría la calvicie que, como compensación, algunos pretenden atribuirle inteligencia y potencia sexual.

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