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Pese a los excesos del padre Noé, a las referencias dionisíacas, acaso por el dialéctico banquete de Agatón, nos hemos inclinado ante su majestad el vino al asociarlo no solo con la buena mesa y la conversación, sino como lubricante para el amor, por ablandar tiranteces y vencer resistencias. Para no recordar la conversión del agua en vino, que celebró Jesús en el desierto calcáreo de Judea, hace algo más de dos milenios.

En este trópico hostil a los vinos resulta estrambótico encontrar tantos cultores de este placer, así como amantes de viandas y manjares sofisticados, porque siempre hemos estado sometidos a la noble ruta del patacón y el arroz con coco.

Por creer que los paladares se cultivan desde temprana edad se nos hace difícil entender de alta cocina y finos licores que ha traído la globalización, cuando nos han dominado sabores exquisitos del Caribe, más disponibles y confiables.

Aunque las salsas francesas, gratinados y exquisiteces de la alta cocina reconocida universalmente son aclamados, también seducen sensuales y cautivantes sabores de la tierra.

En los vinos existe una liturgia algo antipática: fastidia ese ceremonial de hacerlos respirar, y decantar. Además las dificultades para su conservación artificial en este canicular sitio donde vivimos y gozamos.

Pero por ser amantes de viejos vinos, algunos sibaritas del Caribe no se convertirán en atildados aristócratas europeos. No hay cabernet que imprima lustre heráldica, ni pomposas maneras.

Los vinos franceses, italianos y españoles tienen apasionados amigos en nuestra zona. Los chateau Margaux y Rostchild, los de la Rioja y de la Ribera del Duero son mucho mejores que los ayudados con corozo y platanito de la región. Para afirmarlo no se necesita recurrir a la guía Parker, ni a otro catálogo enjundioso que señale su ranking.

Un conocedor nos recomendaba que calificáramos los vinos como si se tratase de algún contertulio: ágil, generoso, con chispa, serio etc. Esta fórmula nos imaginamos que pudo tener coincidencia con nuestro genial tuerto, por aquello de: “Más alegre que un vaso de vino Moscatel”.

En cambio los anglosajones se apartan de ese concepto al preferir un Martini seco, y cocteles mamasantones como los Manhattan, Alexander y otros, cuya preparación requiere ingredientes sofisticados y conocimientos similares a los de un científico de la Nasa. Aunque nunca pierde su condición prominente el whisky de tierras escocesas.

En privado nos atreveríamos a decir que si el huevo de iguana fuera de la Borgoña, tendría obligatoria presencia en las recepciones de algunos estirados de dedo parado, mientras otros palurdos hemos llegado al sacrilegio de montar al caviar de Beluga, como jinete de una simple porción de bollo limpio. Los paladares mandan.

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