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Algunos nos quejamos de la vejez y no le peleamos con mucha fuerza. “Cuando te llegue en forma inevitable, mientras más te demores en aceptarla, más sufrirás”, decía Séneca, en las consolaciones que declinan la insignificancia humana.

Por lo general protestamos por los achaques pero terminamos resignándonos. Algunos llegamos al extremo de declararnos viejos por escritura pública, y reírnos. Hay otros con mayor voluntad, con optimismo, que dan la pelea y procuran amortiguar esos hachazos que van destrozando, poco a poco, un organismo que nos ha acompañado en este ir muriendo que resulta vivir.

En esa batalla que todos sabemos perdida sin remedio, mantener el alma joven y entusiasta es admirable, así para ello se recurra a cirugías, afeites, antioxidantes, vitaminas, y de la otra pastilla que nadie necesita, pero cuya posología y características conocemos al dedillo.

Esas pastillas costosas hay que tomarlas en un orden supuesto para mejorar su eficacia. Llegó la edad de comprar, así se oculte. Hay que reconocer que estamos comprando salud y vida. Algo peor aún, creemos estarlo haciendo y tal vez nos están engañando gerontólogos y laboratorios.

Hay algunos compañeros de edad que quieren lucir atléticos y juveniles. Nos llenan de envidia cuando relatan quiméricas hazañas eróticas con jóvenes compañeras a quienes seducen con su personalidad, y algún “obsequio”. Para los efectos nuestros, admiramos a estos entusiastas aunque nos llega la inquietud que estén comprando momentos y sentimientos, pagándolos caros. “Que pague con brillantes tu pecado”, decía Agustín Lara, gran sentidor y poeta de altura.

La fuerza y la decrepitud, la sombra de la luz y la luz que se alimenta de la sombra, la guerra es guerra por la paz, y la paz que es paz por la guerra, sin vida no hay muerte y sin muerte ¿cómo habría vida?

Con los años crece la experiencia, y no nos permite soñar mucho. También habrá que comprar sueños. No poder soñar imposibles es duro. El ser humano soporta todo menos eso.

En medio de la quejosa condición de personas “de edad” hay que descartar lo costosas que son medicinas y tratamientos. Es un escándalo cuánto tiene que gastar al mes un viejo en frascos, exámenes y... grafías. ¿Si con recursos la vejez es una maldición, qué tal será para os desprotegidos por el Estado y la fortuna? Mientras aquí nos quejamos, tres octogenarios venerables se disputan la candidatura demócrata en los Estados Unidos.

Pensamos que quizás la única receta, la solución, el ideal es querer intensamente a quienes queremos. Disfrutar momentos hermosos que antes parecían insignificantes, acariciar recuerdos y éxitos que la suerte y el esfuerzo nos dieron, conversar con Dios a través de la mirada de los nietos y quejarnos con furia de esta vejez de mierda, para ver si la espantamos por un rato.

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