El viernes fue un día inolvidable. Siete de las veinticuatro hermanas del gabinete distrital nos encontramos en el Centro de Formación de la Cooperación Española para hablar sobre el techo de cristal, esa barrera invisible que impide a las mujeres llegar a escenarios de poder y toma de decisiones. Nuestra anfitriona hizo una introducción sobre la situación de desigualdad en términos de representación política y dejó en el aire una reflexión: según Naciones Unidas falta un siglo para alcanzar la igualdad de género.
Yo iba preparada con datos e ideas generales sobre cómo el patriarcado es estructural y, por ende, propicia las condiciones para que existan y se normalicen la inequidad y la discriminación por género, étnia, especie, clase, etc. Sin embargo, nuestra osada moderadora nos propuso dejar la academia a un lado y jugar. Nos pidió regresar a la infancia y tomar una foto. Luego narraríamos cómo aquellas niñas habían superado las barreras, los obstáculos y los techos de cristal.
Nuestros relatos no fueron distintos a los de millones de mujeres alrededor del mundo: dobles o triples jornadas laborales dentro y fuera del hogar, los cuidados a la familia y a los hermanos varones, los abusos sexuales, la precariedad de los trabajos feminizados, la imposición de los roles de género, las secuelas invisibilizadas de la guerra, pero también la conciencia, la liberación, la autonomía, la lucha por encontrar un lugar en el mundo a pesar de todo. Ayer, en últimas, hablamos sobre la resiliencia que nos ha permitido superar nuestras propias historias, reponernos al dolor y llegar hasta donde estamos.
Ese juego, y ahora hablo en nombre propio, me llevó a experimentar de nuevo el sentimiento del desarraigo, la estupefacción y el horror ante el continuo asesinato de los compañeros de mi padre, la exclusión que viví por ser hija de un revolucionario exiliado, exiliada yo también, al fin a y cabo. Recordé cuando, luego de la firma de la paz con el M-19, regresamos a Cartagena. De súbito, me encontré viviendo en una ciudad que normalizaba el racismo, el clasismo y el machismo, y eso me generó un inmenso sufrimiento. Hoy sé que si nunca comprendí las distintas formas de discriminación es porque no son naturales. Son, más bien, construcciones ideológicas, formas de relacionarse con el mundo y, como tales, resultado de imposiciones culturales. Por ello mismo también son una elección. Se elige separar, excluir, discriminar por género u opción sexual, por etnia, por clase, por especie, por capacidad. También se elige unir, tejer, hermanar, propiciar la horizontalidad, ver a al otro o la otra como un(a) igual, respetar y valorar a quienes escogen ser diferentes.
Las siete mujeres que el viernes buceamos en nuestro pasado hemos logrado romper el techo de cristal a punta de conciencia, de esfuerzo y resiliencia. Si hemos llegado aquí es, también, para abrir espacios de inclusión a otras que, como nosotras, no dejan de luchar diariamente por dignificar su vida y por reclamar los espacios que merecen. Falta todo por hacer pero si hay algo que hemos demostrado a lo largo de la historia es que las mujeres nunca nos rendimos.