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La más mortífera pandemia de la era moderna ha sido la llamada Gripa Española que, entre 1918 y 1919, infectó a 500 millones de personas, un tercio de la población mundial, y causó la muerte de 50 millones.

Ni la remotísima Bogotá de entonces se libró del contagio. A fines de 1918, “El Tiempo” informaba de 40 mil infectados y 871 víctimas en la ciudad: “La gente, como fulminada por un rayo desconocido, se desplomaba muerta en las calles”. La noticia venía acompañada de una dramática foto de dos cadáveres en la vía pública.

La tragedia de 1918-19 dejó escasa memoria. Sus estragos se fusionaron con los de la Primera Guerra Mundial, sucedidos por años de gran prosperidad. Pero también fue otra desgracia epidemiológica ante la cual el hombre desde siempre era inerme. No había vacuna, antibióticos o penicilina, sistemas de rastreo o redes sociales. El virus se identificó 25 años después.

La pandemia causada por el coronavirus es muy distinta. Lo conocemos ya como un patógeno nuevo contra el cual no tenemos defensas. El mundo se ha frenado en seco de forma sin precedentes. Todos atravesamos hoy una experiencia única que quedará grabada en la conciencia colectiva.

En nuestra era más globalizada, nadie está en capacidad de proyectar la mortandad del COVID-19, como se ha bautizado la enfermedad que produce, y tampoco cuántos brotes habrá después del actual. Su tasa de reproducción (contagiados por persona infectada) se ha calculado en 2,2; el de la Gripa Española fue de 1,8.

El contagio puede provenir de infectados asintomáticos. Además, a diferencia de hoy, como escribe Max Honigsbaum, experto en pandemias, en 1918 casi toda la población había estado expuesta a algún tipo de influenza. Por eso el virus afectó a solo un tercio de la población mundial. Hoy el contagio podría golpear al 80% de 8 mil millones de personas. Y una vacuna está a muchos meses de distancia.

Navegamos hoy por aguas desconocidas. De ahí que, con razón, estemos encerrados, tratando de “manejar lo inevitable para evitar lo inmanejable”, como lo puso Thomas Friedman en The New York Times. Pero lo inmanejable no solo sería una pandemia desbocada. Estamos ante un brutal colapso económico de consecuencias imprevisibles por la parálisis de la producción y de la fuerza laboral y, en consecuencia, del consumo y la inversión.

Ya conocemos la etiología del COVID-19. Tenemos también herramientas para enfrentar la emergencia económica. Como lo han propuesto muchos, es el momento de una acción muy agresiva del Estado, extendiendo subsidios directos a empresas y trabajadores para preservar el empleo y los ingresos.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a sus directivas.

*Profesor asociado, UTB.

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