La imagen que sobre la condición de las mujeres construyó la era victoriana, tan conservadora en lo afectivo y lo sexual, puede hacernos pensar que debió ser más rígida en la colonia.
Creemos que las mujeres del siglo XVIII debieron llevar una vida confinada al núcleo familiar, pasivas, sumisas, y manipuladas por curas beatos. Pero esto no siempre fue así. A veces la desaparición del pater familias o la guerra ponía a las mujeres al frente de situaciones inesperadas.
Un ejemplo es el de la marquesa de Valdehoyos, quien heredó de su padre un lucrativo comercio de harinas y esclavos que abarcaba un amplio circuito. Al enviudar asumió la totalidad de los negocios familiares, incluidos los de su hermano ausente. La correspondencia que ella mantenía en esos años muestra la transparencia con que manejó los intereses de la familia y el carácter de quien no se dejaba amedrentar ni por las amenazas de su hermano ni por las triquiñuelas de sus acreedores.
Así como la marquesa, hubo otras mujeres en Cartagena que al enviudar se convirtieron en hábiles comerciantes, como Josefa Amador de Pombo y Nicolasa García de Andrés Torres, o como la esposa de Ignacio Cavero, quien con su almacén contribuía a los ingresos familiares.
La guerra de Independencia no solo afectó el modo de vida de las mujeres. También tuvo un efecto relajador en las costumbres. Está el caso de Manuela Sáenz, quien convivía abiertamente con El Libertador, teniendo al esposo vivo. Este no era un caso aislado. Santander, siendo presidente, mantenía relaciones públicas con Nicolasa Ibáñez. A la esposa de Antonio Nariño se le atribuyeron distintos amantes. Y se sabe que Caldas tuvo sus desventuras con las infidelidades de su esposa, quien concibió varios hijos durante su ausencia.
En Cartagena, Teresa Díaz Granados Paniza, casada desde los 15 años con Narciso de Francisco Martín, tenía un negocio de comercio en compañía de un agente bogotano que se convirtió más tarde en el padre de sus cinco hijas, tres de ellas nacidas antes del matrimonio. Y no fue la única.
En Cartagena hubo un aumento de niños expósitos entre 1800 y 1845, visible en los libros de bautismo de la Catedral. De 260 partidas, 12 por ciento son hijos nacidos fuera del matrimonio, mientras solo hay dos casos de nacimientos extraconyugales en 70 partidas entre 1790 y 1800. Lo que se acostumbraba en esa época para reclamar la paternidad era poner a los bebés en canastos a las puertas de la casa del padre, o a las puertas de la Iglesia con el nombre del padre. Este sistema casi siempre conducía al reconocimiento inmediato de la paternidad, seguido a veces del sacramento matrimonial. Si acaso este era posible.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a sus directivas.
*Profesora, Escuela de Negocios UTB.
