Es prematuro hacer un balance de la devastación que dejará el COVID-19. ¿Cuándo habrá una vacuna? ¿Cuánto tiempo se prolongará la tragedia de miles de víctimas diarias? ¿Habrá un segundo y peor brote? Ni hablar de precisar hoy los perjuicios económicos del mal.
Pero la crisis tiene ya serias consecuencias en la geopolítica internacional, pues ha puesto al desnudo la abdicación de los Estados Unidos de su preeminencia global. Un país cuyas instituciones y cultura han sido ejemplo y que era el líder en iniciativas de alcance mundial, se centra hoy, bajo la inepta presidencia de Donald Trump, en los insultos y la ignorancia que emanan del podio presidencial. La pandemia, una de las más profundas crisis de que se tenga memoria, le es ajena.
Pocas veces en la historia moderna ha ocurrido un vacío de liderazgo global de tanto alcance como el actual -quizás, como anota un analista, desde el siglo XVII con el declive de España-. Trump con su crudo nacionalismo populista va por otro lado: su propósito es minar el orden internacional que forjó su propio país después de la II Guerra Mundial. Los acuerdos internacionales son, para él, ataduras con las que sus “enemigos” explotan a su país. Desprecia la idea de la globalización, que no es sino una gran conspiración para victimizar a Estados Unidos -la conocida perorata extremista de “ellos contra nosotros”-.
Trump insulta a sus aliados y denigra de la ONU, la OTAN y el FMI. Se retiró del Acuerdo Climático de 2015 y del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. La semana pasada, en plena pandemia, retiró a Estados Unidos de la OMS.
Todo esto es de una enorme irresponsabilidad. La miopía ideológica que anima a Trump y su incompetencia como gobernante tendrán dos graves consecuencias sobre la estabilidad mundial.
De una parte, erosionar la institucionalidad internacional vulnera imprescindibles mecanismos de cooperación ante una globalización imparable. Aunque imperfecto, ese orden ha evitado conflagraciones mundiales como las de la primera mitad del siglo XX.
El otro problema es China, un país en rápido ascenso con intenciones de hacerse sentir, como lo muestra el atropello a sus compromisos en Hong Kong. Se trata, por supuesto, de un brutal régimen totalitario que no es modelo y ejemplo para nadie. Pero, precisamente por eso, es inconcebible que el presidente del único país capaz de inducir a China a que se ciña a las reglas de la convivencia internacional esté entregado a cazarle peleas y a dejarle libre el escenario internacional.
Menuda y compleja tarea de reparación tendrá el próximo ocupante de la Casa Blanca.
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