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Tuve el privilegio de obrar en el monte. Cualquiera que haya podido hacerlo sabe que es una experiencia inolvidable. En mi caso fue una rutina que cumplí con rigor una o dos veces al día hasta los cinco años. Recuerdo que mi madre me llevaba a lo más profundo del traspatio cuando mis intestinos lo pedían. Era ella la que elegía el rincón adecuado, un lugar seco y libre de pringamozas, protegido del sol por la frescura de los matarratones. Allí yo me ponía en cuclillas para aliviar las urgencias del vientre y escuchaba caer mis desechos como frutos que se desprenden del cuerpo. Era como parir el ruido de los mangos cuando bajan de sus ramas y golpean la tierra. Un llamado literal de la naturaleza. Ese instante servía para quedar atado a un mundo primitivo que entraba por los pies descalzos y te hablaba al oído con el zumbido de las moscas. Y aunque apenas era un niño, podía saber entonces que es posible vaciar el estómago mientras el alma se llena.

Ahora es muy difícil encontrar una iluminación parecida en los baños de las ciudades; sobre todo en esos inodoros blancos y asépticos que parecen soperas extraviadas de alguna vajilla oriental. Sin un vínculo serio con el suelo, obrar, en el retrete, tan sólo es cagar. Cualquier atisbo de espiritualidad o sintonía con el medio ambiente es tragado por el vórtice de aguas limpias de la cisterna.

Con esto no quiero decir que el inodoro sea un invento demoniaco. Al contrario, su presencia cada vez más sofisticada en nuestro mundo garantiza que no vayamos a sufrir una realidad sometida por los excrementos de los demás. Durante el medioevo europeo, las personas arrojaban sus desperdicios por la ventana y había que caminar con cuidado para no recibir aquella lluvia de mierda. En Inglaterra, en el siglo XIX, la materia fecal que se vertía en el Támesis dejaba las aguas tan hediondas que a veces tenían que cancelarse las sesiones del Parlamento (quizás a eso se deba que los inventores del excusado moderno provengan del Reino Unido).

No obstante a sus innegables virtudes, en este inodoro al que muchos llaman trono yo me siento un rey sin nación. La fría, higiénica baldosa no sustituye a la hierba entre los dedos. El poeta peruano Jorge Eduardo Eielson hablaba de un abismo azul al que vuelven nuestros intestinos, “en donde yacen los caballos y el tambor de nuestra infancia”. Quien no ha obrado nunca en el monte no podrá entender estos versos, ni imaginar la satisfacción de evacuar a la altura de las flores, ligeramente elevado sobre las caravanas de hormigas y las pepas secas de las ciruelas. En Cartagena estoy acostumbrado a escuchar música cuando entro al baño. En El Difícil (Magdalena), me agachaba para escuchar el canto de los pájaros.

*Escritor

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