Alguna vez escribió el economista Paul Krugman que al opinar sobre asuntos públicos siempre debe buscarse el equilibrio; sopesar todos los ángulos de un argumento es la esencia del juicio ponderado. Pero, proseguía, a veces la evidencia objetiva está tan cargada hacia un lado que es ilógico dar igual peso a las partes antagónicas, a menos que uno padezca un mal muy común hoy, el sesgo de confirmación o síndrome de las anteojeras, que consiste en solo aceptar información u opiniones que calzan con las convicciones propias.
Esto les ocurre a muchos por estos días ante el alarmante espectáculo de la campaña electoral en los Estados Unidos. Están de moda allá manidas frases como: “Esta elección definirá el futuro del país”. Y, en verdad, así será. Ni más ni menos mostrará si la presidencia de Donald Trump es “una aberración histórica transitoria y rectificable” o si, por el contrario, su apretado triunfo electoral en 2016 y su cuestionada gestión “simbolizan la decadencia de una gran nación”, como escribió Rodrigo Botero en el diario La República.
Las evidencias de la incompetencia de Trump abundan: es un mitómano transgresor de normas; carece de formación intelectual y talento administrativo; se lucra de su inmenso poder; es racista, alienta a grupos violentos de extrema derecha y es proclive al autoritarismo. Hace poco, al volver a la Casa Blanca luego de su hospitalización por COVID-19, montó un espectáculo de opereta en un balcón –rostro adusto, ojos apretados fijados al horizonte entre un mar de banderas– digno de Mussolini o Evita Perón.
Donald Trump es una amenaza a la institucionalidad de los Estados Unidos. Ha proclamado a los cuatro vientos que si pierde en noviembre es por trampa y que aceptará el resultado solo si gana. Pero la elección es un referendo de su gobierno y los sondeos le dan hoy al candidato opositor una ventaja enorme en el voto nacional y delanteras apreciables en muchos estados, incluso algunos donde ganó Trump en 2016. Las encuestas apuntan a un histórico rechazo electoral a su gobierno.
La era Trump deja dos lecciones. Una es que el acatamiento a las normas depende, en últimas, de la decencia de quienes ocupan los cargos públicos; las democracias son menos recias de lo que se cree para defenderse de los abusos de poder. Y la otra es que ese país, ejemplo universal de virtudes democráticas, tiene ahora una titánica tarea de reconstrucción institucional, incluido blindarse de las arbitrariedades de futuros Trumps. La historia política de los Estados Unidos en los últimos 50 años es la crónica de la erosión de su gran fortaleza, el centro del espectro ideológico, bajo el influjo de fundamentalismos extremistas que han vulnerado valores cívicos como el respeto a la verdad y a las instituciones.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a sus directivas.
*Profesor Asociado UTB.
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