Columna

Rituales de la hombría

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ORLANDO OLIVEROS ACOSTA
10 MAR 2021 - 09:35 PM

Nunca aprendí a escupir en las calles. En el barrio donde viví mi adolescencia había que hacerlo si querías ser un hombre. Para algunos era muy fácil. Les bastaba con carraspear un instante, respirar hondo, contener el aire en la boca y disparar al suelo el gargajo de la virilidad. Las mujeres de nuestra edad decían que esa era una costumbre asquerosa, pero al mismo tiempo comentaban que “así son los hombres”. Ergo, si no escupías, no eras uno de ellos. Y yo que jamás pude dominar aquella técnica del salivazo público, ni siquiera durante mis peores gripas, fui observado con bastante sospecha.

En esos días, un aspirante a gran varón debía saber pelear a las trompadas, insultar con palabras mayores en el momento preciso y hablar de sexo sin reservas. La intimidad era un asunto de impúberes. Podías reconocer a esos chicos ansiosos de masculinidad por el condón apolillado dentro de sus billeteras de velcro o por las modelos en bikini en las carátulas de sus cuadernos escolares. Incluso desarrollaban el hábito de tocarse la entrepierna cada cinco minutos como si tuvieran ladillas o portaran un revólver tras la bragueta. Esos hombres-hombres, futuros clientes fieles a los desodorantes Axe y Old Spice, eran lisos en las fiestas y tenían los bolsillos repletos de piropos indecentes que soltaban con orgullo en los parques y las aceras. Estaban obligados a estrechar la mano con violencia, llorar en secreto y hablar con voz gruesa en épocas en las que sus gargantas parecían galpones llenos de gallos alborotados.

Frente a ellos y ante varias de las novias que conseguían, yo podía ser tres cosas: un niño viejo a la espera de una pubertad tardía, un bicho raro o un homosexual. Solo había que echarle un vistazo a las portadas de mis cuadernos para cerciorarse de que no cumplía con el rito: eran sobre dibujos animados y criaturas asombrosas del fondo del mar. Por supuesto que me interesaba el sexo y me trasnochaba desnudando a las muchachas atractivas que estaban al alcance de mi imaginación. Pero no hablaba de eso con nadie. Tampoco profería grandes insultos ni resolvía los problemas a mano limpia. El condón que guardaba en la billetera era de los que obsequiaba el gobierno en sus campañas de educación sexual.

Para quienes creían religiosamente en este arquetipo de la masculinidad, yo no era un hombre. Era una especie de menor de edad. O un marica (como si serlo te hiciera menos hombre). Confieso que eso me mantuvo acomplejado durante algún tiempo. Sin embargo, con el paso de los años entendí que no me hacía falta nada, que se puede ser alguien distinto sin dejar de ser un hombre completo. El machismo y sus adeptos adolecen de una vaina muy ridícula: dan por sentado que lo que es diferente siempre es menos que el resto.

*Escritor.

“Por supuesto que me interesaba el sexo y me trasnochaba desnudando a las muchachas atractivas que estaban al alcance de mi imaginación”.

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