Albert Camus, escritor, periodista, filósofo y activista francés, ganador del Premio Nobel de literatura en 1957, es ejemplo contundente de lo que es capaz la educación cuando el profesor se convierte en Maestro.
Nacido en Argelia (noviembre 7 de 1913) en el seno de una familia de colonos y agricultores franceses, huérfano de padre antes de cumplir su primer año, contrajo tuberculosis en un barrio paupérrimo, recibió maltratos de su abuela y la indiferencia cómplice de su madre, escenario perverso para incubar delincuentes y mendigos.
Pero no fue así. En medio de la enorme precariedad, fue alentado por el maestro Louis Germaín, de quien guardó gratitud perpetua al punto que, al recibir el Premio Nobel de Literatura, en lugar del protocolario discurso, leyó la carta enviada, años atrás, a su inolvidable maestro reafirmándole el vínculo afectivo tatuado en su alma y en sus recuerdos.
Y es que ese método educativo es infalible, no pierde vigencia: sabiéndolo huérfano remplazó afectivamente a su padre y, como experto pedagogo, le suministró herramientas que le permitieron construirse a sí mismo, impregnado de enjundia y dignidad, listo para extinguir los demonios que presagiaban su rotundo fracaso, fruto de la pobreza extrema y la crianza disfuncional.
En esta época de enclaustramiento, sombras e incertidumbre, es preciso poner sobre la mesa las causas del lamentable deterioro de nuestra calidad educativa, no para señalar culpables, sino con el propósito de retornar los senderos que conducen, pacífica y dignamente, al desarrollo integral del ser humano.
Con absuelta certeza nuestros docentes enconarán muchísimas coincidencias familiares y sociales entre sus discípulos, y las enfrentadas por Albert Camus y su tutor Louis Germain, allá en su humilde escuelita, convencidos de que, las manos generosas y sabias del maestro, de verdad moldean la arcilla luminosa presente en sus alumnos, transformándolos en ‘Águilas Caudales y no en una caterva de vencejos’.
En ciudades, pueblos y veredas acribillados por la violencia, la inequidad y la indiferencia, solo la educación integral fabrica el milagro de la paz que necesitamos y merecemos, con raíces generosas, inmortales y robustas.
‘La letra con sangre e indiferencia no entra’, y los docentes dormirán tranquilos solo si sus discípulos los recuerdan con respeto y cariño y, ¿por qué no? les dediquen el discurso cuando alguno de ellos reciba el Premio Nobel como le ocurrió al maestro Louis Germain.
¿Quién lo duda? Cuando la educación brilla, la sociedad resplandece, y cuando se agrieta, la aldea se desmigaja.
