Columna

Ganándonos la vida

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ORLANDO OLIVEROS ACOSTA
24 MAR 2021 - 11:55 PM

En Colombia, la muerte tiene cuerpo de país. No es un espectro de traje oscuro y puros huesos, agitando sin piedad su guadaña terrorífica. Tampoco una mujer vestida de azul cosiendo en el corredor. Ni la gorda en harapos negros de Marcel Proust. Ni la dulce niña que vio mi abuelo Joche en su cuarto de hospital. Nada de eso. La muerte aquí es más grandiosa, mucho más inmensa y parece sacada de alguna canción evangélica: tan alta que no podemos estar arriba de ella, tan baja que no podemos estar debajo de ella, tan ancha que no podemos estar por fuera de ella.

Como casi mide y pesa lo mismo que Colombia, la podemos encontrar en los símbolos patrios. En la franja roja de la bandera. En la carroña exquisita que alimenta al cóndor. Pero una muerte así, del tamaño de una nación, oculta más de lo que muestra. Los velorios que hemos vivido, los nombres en los periódicos y las caras ya ausentes en los noticieros no son más que la punta del iceberg, la delicada piel que recubre unas vísceras secretas. Tras ese pellejo de difuntos y deudos evidentes está la multitudinaria tripa, la fosa embutida de cadáveres desconocidos. Y sobre ese mondongo lúgubre lloran las madres. Las hijas, los hermanos, los padres. Las abuelas, los vecinos, las primas. El camarada y el compañero de clase. En fin, la gente que nadie escucha.

Es un problema tremendo el nuestro: tenemos una muerte invisible con el cuerpo de una república. Espero que esto no los confunda. No piensen que estoy complicando el asunto con alegorías. Es así, literal. Asesinan personas a diario y no nos damos cuenta. Sus muertes no nos tocan. El llanto de las víctimas apenas se oye en nuestras rutinas. Tal vez la vida que llevamos es demasiado dura para andar sufriendo la de los demás. O estamos bastante cómodos y no queremos perturbar nuestro sosiego con las tragedias ajenas. Quién sabe. Lo cierto es que esa indolencia, consciente o no, nos hace indignos del derecho a vivir.

Hace más de cincuenta años, el poeta chileno Nicanor Parra propuso una solución. Lo hizo en el poema “Ritos”, incluido dentro de su libro ‘Canciones rusas’. “Cada vez que regreso a mi país después de un viaje largo, lo primero que hago es preguntar por los que se murieron: todo hombre es un héroe por el sencillo hecho de morir y los héroes son nuestros maestros. Y, en segundo lugar, por los heridos. Solo después de cumplir este pequeño rito funerario me considero con derecho a la vida”.

La vida, para el maestro Parra, se gana preguntando por los muertos. Un colombiano debería hacer eso todos los días. A quiénes mataron. Quiénes lo hicieron. Todo como si fuéramos buenos periodistas.

*Escritor.

“Asesinan

personas a diario y no nos damos cuenta. Sus muertes no nos tocan. El llanto de las víctimas apenas se oye en nuestras

rutinas”.

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