Columna

Barrabás

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GLENDA VERGARA ESTARITA
04 ABR 2021 - 10:50 PM

El cielo tenía unas nubes plomizas, como panzas monumentales a punto de deshacerse en agua. Pero no llovió esa mañana. Él lo anunció después de cerrar el libro y levantar la vista: siempre es así. Aunque los días en esta época son grises, son secos y tienen el inconfundible olor de la melaza. Acababa de leerme un párrafo sin una pausa: “Todo el mundo sabe que fue crucificado al mismo tiempo que otros dos; se sabe quiénes eran las personas que se agrupaban alrededor de Él: María, Su madre, y María Magdalena, y Verónica y Simón el Cirineo, que había llevado la cruz, y José de Arimatea, que debía sepultarlo. Pero un poco más abajo, en el declive del monte y apartado de los demás, un hombre observó fijamente a aquel que se hallaba clavado en la cruz y siguió la agonía del principio al fin. Se llamaba Barrabás. De él se trata en este libro”.

Tenía reputación de ser quien más conocía sobre el bandido indultado por Pilatos en lugar de Jesús y sobre el autor que recreó su vida en la novela homónima. Sobre el primero solo le constaba que era un personaje esencial de la Pascua Judía, y que muchos opinaban que podía ser la cara mortal de Jesucristo. ¿Una figura literaria? Mi pregunta no lo sorprendió; la estaba esperando, me dijo. Para él podía ser posible esa versión, como cualquiera de las otras. Lo que importa no es que el texto bíblico sea de una veracidad histórica. Tomó para sí una cucharada de papaya almibarada y a mí me ofreció otra. La mujer que sostenía la paila ante nosotros le disparó una advertencia: sin exagerar, que esto es pecado para la diabetes, dijo.

Entonces por primera vez él sonrió y yo le pregunté si realmente era buena la historia de Pär Lagerkvist. Es una obra de arte, respondió, y comenzó a leer en tono más sosegado: “Era un mocetón de unos treinta años, robusto, de pálida tez, barba rojiza y cabellos negros. Las cejas eran también negras; los ojos se hundían en las órbitas, como si la mirada hubiese querido esconderse. Bajo uno de los ojos corría una profunda cicatriz y que desaparecía en la barba. Pero el aspecto físico de un ser humano no significa gran cosa”. Para él ese comienzo anuncia una de las obras más grandes de la literatura. Lo que le da esa trascendencia no es haberse quedado con el papel de Barrabás en el episodio de la crucifixión, sino en haber profundizado en este personaje del Nuevo Testamento.

Sin duda, estas pocas páginas son más imaginación que una típica historia novelada y no se remite a la narración de actos épicos grandilocuentes, dijo. Su valor consiste en proponerle al lector una metáfora sobre la soledad humana, agregó. ¿Por eso se ganó el Premio Nobel el autor sueco? Por eso, me responde rotundo. Barrabás fue escrita en 1950 y el galardón le fue entregado en el 51. Es una obra mayor de Pär Lagerkvist, sin duda, afirma. Un escritor amargo, le digo. Y angustiado como Barrabás, concluye él.

“Tenía reputación de ser quien más conocía sobre el bandido indultado por Pilatos en lugar de Jesús y sobre el autor (...)”.

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Abelardo De la Espriella

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