Sufro el síndrome de Gregorio Samsa. Es decir, hay noches en las que no quiero dormirme por miedo a despertar al día siguiente convertido en una gigantesca cucaracha. O peor aún: por miedo a amanecer siendo yo mismo, pero acompañado por alguno de estos bichos temibles. Siempre que me acuesto en la cama trato de tener a la mano una chancleta o un zapato, de suerte que pueda asestar un golpe mortífero antes de que el susto me quite lo valiente. Si no cargo con una lata de insecticida en el cinto como si fuera un revólver es por mi esposa que no soporta el olor del aerosol.
La verdad es que soy el hombre más cobarde del mundo con respecto a las cucarachas. Blatofobia, la llaman los sicólogos. Cualquier insecto del orden de los blatodeos posee el poder de destruir mi tranquilidad con solo aparecerse en mi camino, especialmente si vuela y lo hace en lugares cerrados. Es una aversión irracional, claro, porque estos diminutos animales jamás me han hecho nada. Soy yo quien les ha atribuido cualidades malignas sin ningún motivo aparente. El antropólogo francés Gilbert Durand afirma que la cucaracha, como toda alimaña que pulula y se agita en las sombras, nos remite al arquetipo del caos, a un angustiante hormigueo sin descanso que nos provoca un rechazo irreflexivo. Eso puede ser cierto en mi caso, pero no en el de mis hermanos, por ejemplo, a quienes he visto capturar o aniquilar cucarachas con la sencillez de los que aplastan un mosquito.
Aquellas personas que comparten mi fobia saben que una simple chiripa puede ponernos a sudar frío. “El miedo hace existir a la tarántula”, dice un poema de Eduardo Lizalde, “la vuelve cosa digna de respeto, la embellece en su desgracia”. Para los blatofóbicos no hay respeto ni belleza que valga y sí una profunda zozobra que arranca risas a los demás. Este sentimiento de horror es el responsable de que nunca, hasta el sol de hoy, haya podido apreciar una metáfora de ‘Rayuela’ en la que Julio Cortázar compara una hermosísima pinaza color borravino con “una gran cucaracha reluciente de limpieza”. Sí disfruté, en cambio, la cháchara de Aureliano Babilonia en ‘Cien años de soledad’ sobre las formas de matar cucarachas en la Edad Media. “El único método eficaz para matar cucarachas es el deslumbramiento solar”, comenta el penúltimo de los Buendía.
Quisiera tener el coraje de pararme frente a una cucaracha y admirarla por lo que es: un espécimen resistente que lleva trescientos millones de años en el planeta y que todavía puede sobrevivir a un apocalipsis nuclear. No obstante, cuando he tenido la oportunidad de hacerlo he tirado la chancleta o corrido como un lunático. Ella sigue de largo, probablemente segura de que la verdadera reconciliación tengo llevarla a cabo conmigo mismo.
*Escritor.
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