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Columna

Cali es una fiesta

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Cuando alguien piensa en Cali se le viene a la mente la música salsa, la alegría de su feria, su agradable clima y el verde de sus parques.

A comienzos de la década del ochenta llegué por primera vez a Cali. Me marcó el civismo de su gente y la organización de la ciudad. Se hacía fila para esperar el bus, las calles eran limpias y había respeto por los vecinos.

Pocos años después llegó la “cultura” del narcotráfico, que en corto tiempo desvaneció ese respeto ciudadano. La consideración por el otro se acabó y la preocupación principal fue conseguir “billete”. Esa inversión de valores extinguió el respeto por el turno, y el patrimonio hecho con el sudor de la honestidad pasó a un segundo plano.

El narcotráfico llegó a la Sultana del Valle para darle su primera bofetada. Ya todos conocemos las secuelas del Cartel de Cali. Mucha gente se acostumbró a gastar a manos llenas y cuando esa estructura desapareció, muchos de sus integrantes quedaron “desempleados”. La inseguridad vino con algunas de esas personas, que quedaron armadas y buscando “billete” por otros medios.

Sin embargo, el empuje de los caleños y su emprendimiento hizo que la ciudad resurgiera.

¿Qué le pasa hoy a Cali? ¿Por qué después de diez días de manifestaciones tenemos una ciudad semidestruida? El derecho a manifestar el inconformismo por las políticas de gobierno es una prerrogativa que todo ciudadano tiene, parte de su esencia en un sistema democrático. Pero, ¿por qué esas manifestaciones tienen que desembocar en vandalismo y destrucción? ¿Se pretende sentar una clara posición de insatisfacción frente a las reformas tributarias de educación, pensión y salud? Muy bien. Todos los afectados tienen el derecho a manifestarse masivamente y expresar de manera pacífica sus frustraciones.

Empero, ¿hay derecho a que algunos de esos “manifestantes” destruyan bienes públicos como el Mio, el principal sistema de transporte que usan a diario miles de caleños para movilizarse? ¿Es justo que bloqueen las entradas a la ciudad e impidan el libre desplazamiento y el ingreso de alimentos, medicinas y combustibles? El derecho de un ciudadano no puede mancillar el del otro.

Como consecuencia de ese sitio a Cali muchos víveres ya no se consiguen y la gente no puede desplazarse o salir de la ciudad. Los empleados de las industrias esenciales y el personal médico sufren cada día por llegar a sus sitios de trabajo. Muchos no lo logran. Estamos al borde de un problema higiénico-ambiental porque se ha interrumpido la recolección de basuras. Sentirse atrapado en su casa es un sentimiento indignante. Cali está secuestrada.

Como caleño adoptivo me duele comprobar que, por lo que muchos vemos, no son los estudiantes o sindicatos los que han generado este caos. Se percibe una estructura organizada que pretende desestabilizar a Cali, la ciudad más afectada por el vandalismo y los bloqueos en el país.

Es contradictorio: han quemado y destruido los peajes ubicados en las entradas de la ciudad, pero se sabe que en esos retenes algunos pagan para poder ingresar o salir. Irónico. Vemos en videos cómo entran y salen repletas, de manera arbitraria, chivas-buses de la Minga. Incluso, el jueves 6 de mayo llegó a Cali una inmensa caravana de camionetas identificadas como si fueran de la Minga.

También circulan videos donde se ven “manifestantes” armados. ¿De dónde provienen, si resulta claro que no son estudiantes? De igual forma, es un secreto a voces que están trayendo a Cali jóvenes pagados de Quinamayó y El Paso de la Bolsa, entre otros municipios aledaños, para formar parte de las manifestaciones.

Lamentable que este tipo de situaciones enloden las manifestaciones justificadas de varios sectores de la comunidad. Incoherente ver a la población de Cali amedrentada por toda esta coyuntura y, por otra parte, ver al final del día cómo algunos de estos “manifestantes” festejan con rumba y trago.

Estoy convencido de que los estudiantes y sindicatos se están manifestando legítima y pacíficamente frente a las políticas del gobierno. Sin embargo, es evidente que hay movimientos oscuros que han diseñado este caos mediante el vandalismo y el bloqueo de la ciudad, con el objetivo de crear incertidumbre y desesperación.

No hay que transigir para que el derecho a disentir y protestar se desvirtúe por intereses de terceros. Conseguir algo en detrimento de otros genera más insatisfacciones. El movimiento encubierto que ha tratado de empañar el paro y las manifestaciones no puede ir en contra de los derechos de una población a alimentarse, circular y trabajar.

Los organizadores del paro no deben permitir que la esencia de sus manifestaciones y peticiones se politice ni se torne agresiva por aquellos que pretenden infiltrarlo para generar violencia y confusión.

No podemos aceptar llegar al límite del caos total para generar otro conflicto interno y más derramamiento de sangre. La democracia y la convicción en el diálogo deben prevalecer. Como afirmaba Mahatma Gandhi: “La victoria lograda por violencia es equivalente a una derrota, porque es momentánea”.

Eduardo Tovar. Periodista. Internacionalista, especializado en Cultura de Paz y Derecho Internacional Humanitario

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