En Colombia existe una lucha continua por no olvidar. Tenemos un pasado lleno de conflictos, desplazamientos y formas heredadas de esclavización que no debemos olvidar, menos aún, cuando los daños ameritan acciones de reparación profundas.
Los más de 400 años de comercio con seres humanos en los que una pequeña parte de Europa despojó a una gran parte África han dejado marcas indelebles. Cerca de “15 millones de hombres, mujeres y niños” fueron embarcados contra su voluntad en los puertos africanos rumbo a las Américas, siendo reconocida la trata esclavista como un crimen de lesa humanidad por Naciones Unidas (2001)
Las conmemoraciones como las que se suceden cada mayo, mes de la herencia africana, son ejercicios para no olvidar pero también permiten resignificar y generar acciones de reparación. UNESCO, a través del proyecto “La Ruta del Esclavo: resistencia, libertad, patrimonio”, ha fomentado el conocimiento científico sobre la trata y sus consecuencias políticas, económicas y socioculturales para contribuir a esclarecer, y generar acciones afirmativas y de reconciliación.
Como nación mestiza y multicultural nos debemos la construcción colectiva de otros relatos que hagan parte de nuestros imaginarios fundacionales y que vayan más allá del horror de la esclavitud. Y ésta es una deuda, principalmente, con los afrodescendientes ya que, durante la Colonia, fueron la base social sobre la cual se afianzó el sistema económico, político y militar. Fueron y han sido, siempre, sujetos activos y esenciales en la construcción del estado nación. Imposible ignorar su aporte, por ejemplo, en la construcción de pueblos y ciudades enteras, en la comercialización de bienes y servicios, en la preservación de los oficios. Es imprescindible reconocer sus contribuciones científicas en medicina, botánica, partería, agricultura, y la riqueza cultural en música, danza, cocina, oralitura, etc., integradas a nuestros patrimonios y a nuestras identidades mestizas, más allá del relato de la esclavización y la supuesta falta de agencia. Al centrarse únicamente en la tragedia, con o sin intención, se oculta el inmenso acervo de generaciones enteras.
El Ministerio de Cultura declaró 2021 el “Año de la libertad”, por conmemorarse 170 años de la abolición de la esclavitud. Y en ese marco, se ha retomado el proyecto de los 7 Sitios de memoria y conciencia afro en Colombia. El primero en ser declarado oficialmente fue Cartagena, en mayo de 2016. Se instalaron 19 placas con información relevante en calles y plazas de la ciudad colonial. Con ello se hicieron visibles las marcas de la esclavización pero a la vez se puso en valor la cosmovisión afro a través de textos de reconocidos científicos sociales afrocolombianos. También se lanzó un cuadernillo para guías turísticos, resignificando el relato espacial de la ciudad a través de la enunciación.
La demarcación espacial puede ser un catalizador para hablar, visibilizar, descubrir, reconocer(nos), para crear juntos esos otros relatos que son, en sí mismos, acciones de reparación. El trabajo incansable de maestras y académicos han ayudado a incluir en algunos PEI la Cátedra de estudios afrocolombianos (1993) y a volver más pertinente que nunca el derecho a la etnoducación (que ojalá incluyera a toda la población), reconocida desde 1994 en la Ley General de Educación.
Hay que seguir fomentando el reconocimiento desde lo simbólico, como la demarcación de los espacios públicos, las declaratorias de Bienes de Interés Cultural que incluyan prácticas ancestrales, la inclusión de manifestaciones afromestizas en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación, como ya se hizo con el Festival Petronio Álvarez, el Carnaval de Blancos y negros de Pasto, el Carnaval de Barranquilla, y como se hará con la Champeta y las Fiestas de Independencia del 11 de noviembre.
Debemos fortalecer el trabajo de apropiación social de los patrimonios cotidianos, transmitidos y heredados por nuestros ancestros. Lo simbólico es fundamental para entender al otro, y para crear otros relatos comunes que contribuyan a reparar el tejido social. Hoy más que nunca, necesitamos referentes poderosos que pongan en valor el sentido de lo colectivo y la resiliencia que llevamos en los genes.
* (Activista e historiadora cartagenera, directora del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, IPCC)