Me preguntan. Y la respuesta es sí y lo volvería a hacer.
Emprendí un viaje de casi 2.000 km., a pesar del pánico de subirme a un avión en el que sabía no habría protocolos. Brindan alimentos como si no existiera el COVID y las personas se retiran el tapabocas para comer y hasta tosen y estornudan.
Llegué a un aeropuerto atiborrado de turistas, con largas filas en inmigración con nulo distanciamiento. A un país en el que usar tapabocas es una decisión de cada quien, por tanto durante las filas de más de 3 horas, muchos no los usaban a pesar de las señalizaciones de obligatoriedad.
Después de casi 12 horas de haber salido de mi casa, llegué a un hotel en el que preferí pensar que sí había habido protocolos de limpieza y desinfección. Me sometí a 3 pruebas de hisopado nasal en 3 días. Una para salir del país y poder ingresar a USA, la que cuesta $120 mil y allá es gratis. Hacen la PCR exigida por Migración Colombia y la “prueba rápida” por si acaso no llegaban los resultados de la primera.
Por supuesto durante esos días debí comer en lugares públicos, tratando de adoptar mis propias medidas: echar alcohol, comer rápido para usar el tapabocas, tratar de tener distanciamiento y en espacios al aire libre. Me apliqué la vacuna de Janssen, después de la pausa temporal que el Gobierno impuso por algunos casos de coágulos detectados. Que si fue arriesgado, sí, pero era la única con una sola dosis.
El protocolo de vacunación “idéntico” al de Colombia. Una persona en el Centro Médico animando a los que pasaban, a vacunarse. Entregamos nuestros pasaportes y listo, nos hicieron sentir bienvenidos y seguros. Cero filas y peloteras.
Luego de la anhelada vacuna, 15 minutos en reposo. Nos brindaron bebidas y mecatos. “Rieguen la voz en su país”, nos decían, dejando claro que no hay ilegalidad en viajar a vacunarse.
Después de dos días de mareos, dolor de cabeza y un cansancio extremo, seguimos con tapabocas en casa, cuidando a nuestra bebé de la alta exposición que tuvimos, por una buena causa.
A estas alturas prefiero ni sacar cuentas de cuánto fue todo. El dólar disparado, el éxodo de colombianos viajando a vacunarse tiene carísimos los vuelos, y mantenerse en EE. UU. haciendo la conversión a pesos, genera más malestar que la vacuna. Igual, todo valió la pena. Volver sabiendo que en algo estoy reduciendo –aunque no anulando- el riesgo del COVID, es de por sí ya una razón para poder dormir tranquila, soñando con un mundo en el que esta pesadilla terminó.
Mientras tanto en Colombia seguimos con un sistema de vacunación con una velocidad paquidérmica.
¿Que si valió la pena? Sí. Cada peso y segundo invertido por esa dosis de esperanza los vale. Anímense quienes tengan la oportunidad de hacerlo.
