Hace más o menos un mes recibí la invitación para escribir esta columna. Acepté con la confianza puesta en que la inspiración llegaría pronto. Lo que no sabía era que se presentase vestida de rosa y con un bastón en la mano, como si de cargar penas se tratara. Pero, a pesar de tan vibrante color, esta historia es en realidad una apología a las dificultades y problemas que nuestra sociedad enfrenta a diario.
Vestida de rosa. Así llegó de visita Ibeth, quien hace muchos años prestó sus servicios como empleada doméstica en casa de mis padres. Me alegró mucho verla. El respeto, el cariño y la empatía permanecían intactos, después de todo los adultos mayores son una fuente inagotable y única de experiencias. En mi memoria permanecía igual de irreverente, pero con menos cansancio en su mirada. Su andar lento y su figura encorvada son las cicatrices de una rotura de cadera que la mantuvo en cama por mucho tiempo.
Mis inquietudes sobre su vida no dieron espera. “¿Qué haces?”, pregunté. Quizás aceptando aquel destino ineludible de la muerte, me respondió: “Por aquí... recogiendo mis pasos”. Sonreí, pero no pude evitar pensar en cuánta razón tenía.
Ansiosa por saber cuál había sido su destino y cómo la había tratado la vida, continué preguntando. Mi interés era insaciable. Mis preguntas, a veces, impertinentes. Pronto me di cuenta de que su calidad de vida había disminuido: ya no podía trabajar, no tenía una fuente fija de ingresos y dependía de sus hijos. Su alimentación, me contaba, se compone solo del almuerzo y la cena, mientras sortea el desayuno con un café temprano en la mañana.
El nudo en mi garganta era insostenible y el motivo de su situación evidente: la falta de ingresos le niega el acceso a tres comidas diarias. De inmediato recordé los datos revelados por el Dane recientemente, a los que Ibeth les da rostro. Una estadística que en tinta suena muy lejana, pero que al mismo tiempo esconde la realidad de 37% de hogares en Colombia que solo comen dos veces al día.
“¿Ya te vacunaste?”, pregunté al final de nuestra conversación. Por ser de la tercera edad, sentí que la pregunta era casi que retórica. La respuesta negativa, sin embargo, me dejó atónita. No sé si por compromiso, pero me dijo que lo haría pronto.
No podía juzgarla. Ibeth ha tenido que preocuparse por otras cosas en su vida. Quizá una vacuna no sea la prioridad, pues, al fin al cabo, ya solo espera la muerte.
La pobreza es uno de esos problemas más diagnosticados y analizados en Colombia, pero ahí sigue, con sus venas rotas, negándose a desaparecer; y, en cambio, aumentando sus filas, dejando sin aliento a quienes un día tuvieron sueños.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Jefa de Asuntos Profesorales y Proyectos
Especiales, UTB
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