Una de las muchas cosas que he observado que a los ojos de mis hermanos colombianos me hace ver como un extranjero pintoresco, es la opinión tan positiva que tengo de Bogotá, pues si hay algo común, creo yo, a todos o casi todos los colombianos, particularmente a los costeños, es su desagrado casi instintivo por la capital del país: es fría, fea, peligrosa y, lo peor de todo, está llenita de cachacos.
No estoy de acuerdo. Tras casi una década viviendo en la Costa, y considerándola mi segundo hogar después de mi patria española, me siento en la obligación de defender la capital colombiana y, particularmente, su barrio histórico: La Candelaria.
Es innegable que el centro turístico de Cartagena es más bonito que Bogotá. Es un hecho que la tranquila calidad de vida que se puede tener en Barranquilla supera a la de la capital nacional; pero no creo que eso deba llevarnos a despreciar las bellezas capitalinas, en especial las de su centro histórico y cultural, tan injusta y habitualmente vituperado y por el que es mi intención romper una lanza.
La Candelaria es un barrio lleno de iglesias bonitas, incluyendo la catedral, de museos interesantes, como el de Botero o el Colonial, de lugares de gran interés histórico, como la Quinta de Bolívar, de librerías fascinantes, como la del Fondo de Cultura Económica, donde merece la pena ir sólo por el placer de perderse entre los libros y después ojear los comprados tomando un chocolate en una cafetería de las calles adyacentes; por no hablar de la multitud creciente de restaurantes, algunos ubicados en edificaciones restauradas con acierto y que, en conjunto, permiten disfrutar de la gastronomía colombiana, de la extranjera e, incluso, de las vanguardias. Y todo lo anterior sin olvidar el magnífico Cerro de Monserrate, justo al ladito, donde es un deber subir y ver el anochecer con un canelazo caliente entre las manos.
Es innegable que La Candelaria aún tiene muchas calles por recuperar, que aún hay partes donde es más prudente no ir de noche, pero creo que también se debe decir que poco a poco el barrio mejora, entra capital extranjero, se abren nuevos locales de cultura y de restauración, se ven más foráneos atraídos por sus atractivos, como pasear sin necesidad de carro y con tranquilidad por lo que, en muchos aspectos, es el pueblito colonial colombiano más desconocido. Por lo anterior, y sin miedo a que me llamen español loco: Candelaria, I love you.