Cada diciembre sacamos de su caja el árbol de Navidad, que procuramos armar y decorar de la manera más atractiva posible. El 24 de diciembre es la víspera de Navidad y el 25 un día cumbre, porque a los pies de cada árbol amanecen los regalos para toda la familia, que se congrega junto a él para abrirlos con alegría. Y luego permanece allí, con sus ramas cargadas de adornos y luces de colores, deleitando a niños y adultos hasta los primeros días del año nuevo.
Por lo general nunca nos preguntamos sobre el origen de esta tradición milenaria que nos congrega todos los años. Sabemos que los árboles son un símbolo de vida, dan sustento, sombra y cobijo, pero son estas virtudes insuficientes para explicar la tradición. Tal vez sea ese un buen motivo, que se suma a ser hoy el día más apropiado del año, para indagar el origen de esta hermosa historia navideña.
El primer árbol de Navidad decorado con objetos colgando de sus ramas se vio en Alemania en 1605, y se usó para ambientar la festividad cristiana. Fue a partir de ese árbol de Navidad que comenzó su difusión en el mundo: a Finlandia llegó en 1800; en Inglaterra se vio por primera vez en 1841, siendo decorado por el príncipe Alberto, esposo de la reina Victoria; a los españoles les llegó en 1870. Y así fue expandiéndose por el Viejo Mundo hasta llegar a América.
Los adornos fueron cambiando con el paso del tiempo. Inicialmente se decoraba con manzanas, que significaban tentaciones; y velas, que simbolizaban a Cristo y su luz. Estos adornos fueron remplazados por bolas de distintos tamaños, guirnaldas, luces de colores, hasta llegar a la sorprendente variedad de figuras y decoraciones que hoy conocemos.
Cada adorno solía tener un significado. Así, por ejemplo, las bolas significaban dones de Dios. Si eran azules, significaban oraciones de arrepentimiento; las plateadas, oraciones de agradecimiento; las doradas de alabanzas y las rojas de petición. Cintas y moños simbolizaban la unión familiar. Los ángeles, por su parte, eran mensajeros entre nosotros y el cielo. Las luces, sin importar el color, eran las encargadas de iluminar nuestro camino, y la estrella en la punta del árbol representaba la fe que nos guía.
Lo más importante de todo esto, por encima del tamaño del arbolito y de la simbología de sus adornos y luces, es la amorosa celebración en familia que inspira la Navidad y los buenos deseos que prodigamos en esta fecha a nuestros seres queridos y a nuestra comunidad. El anhelo es que esta época del año se viva en paz, alegría y unión familiar.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
* Profesora, Escuela de Negocios, UTB,
mariateresa.ripoll@gmail.com
