Hay temas difíciles para una abogada católica, entre esos la no penalización del aborto. La Corte Constitucional decidió despenalizarlo, cuando la mujer acceda a él hasta la semana 24 de gestación, y en tres casos especiales (violación, inviabilidad de la vida del feto y peligro a la vida o salud de la mujer) continúa el derecho a practicarlo en cualquier tiempo.
Digo que es un tema difícil, porque nuestra fe, que libremente hemos escogido, puede inclinar la balanza hacia la decisión que implicaría, que toda mujer que aborte, por fuera de las circunstancias especiales, debe ir a una cárcel.
Nuestras creencias nos hacen fantasear con que, si apoyamos que el delito de aborto siga vigente, desde el primer día del embarazo, muchos niños por nacer se librarán de la muerte. Pero la verdad, aunque dolorosa, es que no solo, aun existiendo el delito en la manera como venía consagrado, muchísimos fetos son abortados en nuestro país diariamente, sino que además muchísimas mujeres mueren, o sufren graves afectaciones a su salud cuando se ven obligadas a hacerlo en la clandestinidad.
Que para los católicos abortar sea un pecado grave, no puede hacernos caer en el error de pensar que esa decisión deba ser un delito para quienes libremente no comparten nuestras creencias. Las mujeres también tienen derecho a no creer en Dios, o no creer en los pecados, ni en las iglesias.
¿Qué nos puede llevar a concluir que lo que para mí es pecado, para el otro tiene que ser un delito?
El sesgo ideológico, o de privilegio, suele ser un obstáculo para la interpretación normativa. Yo, que decidí el día y hora en que iba a concebir a mi hija, y tuve un embarazo acompañado, saludable física y mentalmente, no debo exponer fotos de mi embarazo feliz y enrostrarlas a quien desde un semáforo rogando dinero a quien la pisa, con tres hijos más nacidos, tome la decisión de interrumpir voluntariamente un embarazo, y mucho menos puedo pedir que la lleven a la cárcel. ¿Si la encarcelan o si muere en un aborto clandestino, que sería de sus tres hijos ya vivos?
Es fácil levantar el dedo que acusa, pero cuán difícil es involucrarnos y apoyar a miles de mujeres que atraviesan cada día las situaciones más complejas e inimaginables, y en ellas quedan embarazadas sin desearlo, o a los niños que padecen las condiciones más miserables de vida.
¿Cómo podemos decirle a alguien que no comparte nuestra fe, que, si una mujer aborta y se arrepiente, puede acudir a un sacerdote, confesarse y ser absuelta (Misericordia et misera) pero que sí debería ir a la cárcel por ello?
No hagamos de esta decisión una pelea de país ya lo suficientemente incendiado y violento.
En la Iglesia que se resuelvan los pecados, y en la Corte que se interprete la ley y se defina si una conducta es delito o no. Al fin y al cabo, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Pecar no es delinquir, y es hora de aceptarlo.
