Siempre he estado rodeada de hombres maravillosos. Mis amigos más cercanos me han escuchado, me han acompañado, me han celebrado, me han sacudido, me han retado, me han abrazado, me han ayudado a ser mejor. Tengo dos hermanos, que pese a ser conservadores y tradicionalistas, han sido sorpresivamente amorosos en situaciones en las que he puesto a prueba sus creencias. Por fortuna, me relaciono con colegas que tienen sensibilidad feminista y respeto por nuestra palabra. Algunos hacen chistes machistas, pero ya nadie se los celebra.
En un momento trabajé con un misógino declarado, pero entendió que donde estaba no había cabida para su desprecio por las mujeres, así que se fue con su odio a otra parte. Lamentablemente, el misógino aquel no es cosa del pasado. Allí está junto a los hombres que se oponen a las conquistas de las mujeres, que no resisten a una mujer empoderada, autónoma y libre porque sienten vulnerado su ego de macho (y después la fama de histéricas la cargamos nosotras). Puede que reconozcan la autosuficiencia de las mujeres, pero sólo las valoran si ellas se callan, si no los contradicen. Si lo hacen, automáticamente, viene la respuesta desde la violencia, desde la rabia, desde el intento de humillación.
Estos hombres son muy fáciles de reconocer porque se oponen al cambio y van pontificando en contra de todos los derechos que -en colectivo- hemos conquistado las mujeres. Tienen el arrojo de opinar sobre nuestros cuerpos, sobre nuestras vidas, sobre nuestras decisiones, sobre todo lo que nos atañe, independientemente de que sepan o no de qué están hablando. No tienen pudor y solo tienen un marco de referencia: el patriarcado (aunque muy seguramente jamás han escuchado esta palabra).
Estos hombres hoy se levantaron y repartieron rosas o poemas porque piensan que el 8M es una celebración de la mujer a la que romantizan y reducen a “una tierna rosa”, al “milagro de la creación”, a una muñeca, a una cosa que no habla, a cualquier cliché barato que circule para la ocasión. Lejos están de saber que detrás de la fecha hay una historia trágica, la de las mujeres obreras que fueron quemadas vivas en una fábrica textil de Nueva York por exigir mejores condiciones de trabajo, por hablar de derechos.
Estos hombres, en su limitada visión androcéntrica de la vida, creen que nuestra lucha es un intento por dominarlos, cuando lo que hemos hecho las mujeres es tomar consciencia de que, históricamente, nos han robado nuestros derechos y tenemos que organizarnos para exigirlos, para vivir con dignidad, para cuidarnos mientras construimos una sociedad incluyente, diversa y verdaderamente democrática.
Las masculinidades responsables, practicadas hace muchos años por Poullain de la Barre, un cura irreverente que en 1671 afirmó que “la mente no tenía sexo”; o John Stuart Mill, a quien las feministas queremos por su libro “La Sujeción de la mujer” y por su militancia política a favor de nuestros derechos, se han ido abriendo camino.
Hoy muchos hombres andan con las gafas violetas bien puestas para defender la igualdad, para rechazar la violencia contra las mujeres y sus cuerpos. Saben que el machismo no tiene discurso, saben que más que rosas necesitamos un nuevo acuerdo social, en el que todas y todos convivamos en la plenitud de nuestros derechos y libertades. Estos hombres son minoría, son excepcionales, han sabido renunciar a sus privilegios de género para luchar con nosotras, y saben, como se cantaba en las revoluciones centroamericanas del siglo XX, que “esto ya comenzó y nadie lo va a parar”.