Ha dado de qué hablar la intervención del alcalde Dau en la reciente presentación del Informe de Calidad de Vida 2021 de Cartagena Cómo Vamos. Al conocer el crítico balance del reporte, el mandatario advirtió: “Grandes obras ni se están viendo ni se verán en esta administración”.
Su declaración fue tan honesta como cruel. A los alcaldes los eligen por su convicción, por su capacidad de imaginar futuros posibles. Son, en cierta forma, personas únicas y tozudas, afrontan problemas incubados por la incapacidad e indiferencia del Estado y de la clase dirigente.
Desde su llegada al poder, Dau ha resuelto entuertos, sin embargo, durante la última semana sus reacciones, que aún ponen el espejo retrovisor, invitan al pesimismo: “Encontré la ciudad quebrada”.
Se puede discutir con justicia su inoportuna franqueza, pero aquí y ahora sus declaraciones se estrellan contra una fuerte premisa de campaña: frenar el desperdicio de recursos que causa la corrupción para cubrir las soluciones que espera la ciudad.
El reconocimiento de que esta premisa no era la correcta pone de presente una vieja discusión: qué reglas de juego permiten financiar de manera sostenible una agenda de desarrollo humano que reduzca la pobreza extrema, cierre las brechas laborales y devuelva la esperanza que resquebrajó la reciente pandemia.
Según el DNP, Cartagena integra el grupo de ciudades en riesgo fiscal. Sus recursos propios son insuficientes y, al ser muy dependiente de las transferencias nacionales, puede incumplir los límites de gasto establecidos por la ley.
En los últimos 10 años, los ingresos tributarios han aumentado $180.000 millones, pero no ha habido avances significativos en recaudo: en 2021 siguen entrando 51 por cada 100 pesos facturados. La recuperación de la cartera se abandonó y se reactivó en 2021.
Esta ineficiencia esconde un límite estructural: la pobreza. La probabilidad de pago en los estratos 1 y 2 se reduce en conjunto 30 puntos porcentuales si se compara con la de quienes residen en el estrato 6.
El candidato propuso “irrigar de recursos a los pobres”, no obstante, su gobierno ha mermado la financiación del Plan de Emergencia Social y perdido oportunidad de aplicar estrategias de ciudades como Bucaramanga, donde los programas de ayuda monetaria reducen la pobreza más rápido que en Cartagena.
Ya que no veremos grandes obras, ¿podemos esperar las pequeñas y posibles? Para avanzar en la agenda, ¿están dadas las condiciones para una reforma fiscal realista, que haga justo el sistema tributario y regule el cobro de otras fuentes como la plusvalía?
Las opiniones expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesor IDEEAS, UTB.
