Hace unos cuantos años publiqué un librito titulado La belleza de los monstruos en el que teorizaba sobre populismo, totalitarismo y democracia alrededor de la idea de que los regímenes autocráticos, en contra de lo que se suele creer, poseen en muchas ocasiones un gran atractivo estético. El caso quizá más famoso sea el nazismo, que, siendo una dictadura atroz que sólo ofrecía despotismo a los propios y muerte a los ajenos, resultaba al mismo tiempo fascinante por su uso de lo que hoy llamaríamos mercadotecnia: los desfiles, el uso de las multitudes, la escenografía, incluso los uniformes diseñados no para ser prácticos, sino para impresionar. Todo en el régimen hitleriano buscaba fascinar.
Es históricamente innegable que, si las dictaduras se justifican en algo, eso suele ser corregir los vicios y degeneraciones propias del gobierno liberal. Frente al caos parlamentario, la belleza de la unidad. Contra el desorden democrático, la perfecta unidad de la autocracia. Las dictaduras contemporáneas son, diría Isaías Berlin, en gran medida hijas de los ideales de la revolución francesa y su ansia por crear un mundo racional y científico o de la reacción romántica posterior y su voluntad de parir un universo hermoso y pasional. En ambos casos, se busca lo bello, lo perfecto, lo ideal. Y buscando el ideal suelen arrojarse en el opuesto y volverse un horror.
Todo lo anterior viene a raíz de un tuit que la semana pasada vi en la cuenta del carismático presidente salvadoreño Bukele, el cual, emulando un cartel publicitario representativo de la familia perfecta americana de los años 50, decía (todo en inglés): venga a El Salvador, la nueva tierra de los libres, no hay tiroteos, el dólar es moneda legal, gran clima y playas. La imagen era preciosa. Preciosa para una distopía a medio camino entre Huxley y Bradbury, en la que todo fuera casi tan pulcro como asfixiante. Esa es la crítica que gran parte de la comunidad internacional le hace a Bukele: muy bien lo de luchar contra la delincuencia, pero no a costa de convertir tu país en un remedo de régimen policial con tendencias autocráticas en el que tan pronto se mete el ejército en el parlamento, como se trata a los criminales como a ganado. ¿Es Bukele un dictador? Esa no es la pregunta. La pregunta es, ¿le gustaría serlo? No lo sé. Lo que sí sé es que tiene la misma afición que muchos de ellos: la fascinación por el ideal. Nada bueno suele salir de ese tipo de aficiones.
*Universidad Autónoma de Barcelona.
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