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Muchos de los angelitos en los cuadros de Rafael Sanzio no fueron pintados por él. El maestro, como era usual en la época renacentista, formaba aprendices que se dedicaban a perfeccionar la técnica y seguir el estilo de su maestro. De hecho, varias pinturas de Rafael fueron terminadas de manera póstuma por Giulio Romano, uno de sus alumnos más aventajados. Aun así, nadie cuestiona la autoría del maestro, porque su genialidad no se agota en el oficio técnico o la imitación del estilo, sino que está en el momento sublime de la creación, esa que surge en el crisol de sus inquietudes, sus anhelos, sus sentimientos y su conocimiento.

Al salir del taller, Romano imprimió su alma en sus propias creaciones. Por muy aplicado y ajustado que haya sido a las enseñanzas de su maestro, requirió más que técnica y virtuosismo para ser un pintor. Es lo que sucede con la creación humana, siempre es más que la copia perfecta o la técnica impecable y, por supuesto, es mucho más que la suma de todo lo que ya han hecho antes. Crear es más que recrear.

Estos son elementos para un nuevo debate –o una nueva versión de un viejo debate– acerca de las tensiones y encuentros entre técnica y conocimiento. Sobre los alcances de la “inteligencia” artificial ha habido diversos puntos de vista, múltiples reflexiones y muchas preocupaciones, algunas derivadas de estudios predictivos sobre las profesiones que serían desplazadas, entre ellas, los oficios del escritor, del diseñador, del artista y del profesor.

Las obras de arte que salen de los talleres del maestro nos enseñan que se irán desplazado las actividades de repetir, copiar y aplicar técnicas y procedimientos, pero siempre se requerirá el alma del maestro.

Los sistemas de combinación de algoritmos y acumulación enorme de datos, es decir, esta tecnología valiosa que hemos llamado inteligencia artificial podrá realizar con extraordinaria precisión y técnica, seguramente mejor que cualquier ser humano, aprendiz o experto, muchas de las tareas que hoy lleva un profesor en el aula o un artista en su taller. Pero, para que haya arte, se necesitará siempre la sensibilidad del artista.

Asimismo, para que haya educación y no mera capacitación siempre faltará el alma del maestro, que, con sus inquietudes, sus vivencias y su conocimiento, podrá leer en el alma de sus estudiantes sus anhelos, sus posibilidades y la promesa de futuro. Esto es el proceso formativo, el encuentro en el que se produce el florecimiento humano. Es el espacio del taller o el aula que necesita más que virtuosismo y técnica, es el lugar donde se crea y no solamente se recrea.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Decana de la Facultad de Ciencias Sociales

y Humanidades, UTB.

“Es lo que sucede con la creación humana, siempre es más que la copia perfecta o la técnica impecable y, por supuesto, es mucho más que la suma...”.

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