“Hay tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros de partido”. Churchill
Desde sus inicios el actual gobierno ha promovido la narrativa de un enemigo que le impide llevar a cabo sus proyectos y reformas.
En Caldono, el presidente aludió a un “enemigo interno” que identificó con las creencias, reglas y procedimientos burocráticos. Mucho después acusó a la prensa de construir un “relato periodístico” en su contra o de “odiar” a la vicepresidenta. Juntamente con su coalición han graduado a la Fiscalía y a la Procuraduría de opositores. Y últimamente, vienen insistiendo en que contra este gobierno se viene fraguando un “golpe blando” por parte del “establecimiento”.
Aun admitiendo que los señalamientos anteriores tienen mucho de veracidad, cualquier observador externo e imparcial podría convenir conmigo en que el enemigo más grande y poderoso que tiene este gobierno es el propio gobierno. Un enemigo que revela hasta hoy su fase más oscura, que lo paraliza, lo hace incoherente e incongruente con su razón de ser y explica en parte por qué este despelote en la gobernabilidad, y por qué esta ineficiencia en la gestión administrativa. Un enemigo que como un cáncer está devorando al gobierno desde dentro y cuyas causas son, entre otras, el absolutismo ideológico, la ausencia de autocrítica y la revictimización sistemática, y el doble rasero moral.
El primero transforma las causas del gobierno en “cruzadas pseudorreligiosas” y a sus líderes y seguidores en “neoinquisidores intolerantes” que convierten a críticos y contradictores en enemigos que deben ser lapidados moralmente. Adicionalmente, este fundamentalismo ideológico induce al gobierno a despreciar la verdad (ej. reforma a la salud), a soslayar las autoevidencias racionales (ej. recursos minero-energéticos) o a considerar los consensos prudenciales y razonables sobre ciertos puntos (dogmas) como traición a una idea originaria y pura.
La segunda inmuniza al gobierno contra cualquier crítica, la cual es cancelada o rotulada inmediatamente -sin revisar su veracidad o legitimidad racional- como un ataque clasista, racial, sexista o patriarcal, con lo que refuerza sus sesgos cognitivos y el tribalismo ideológico e impide que el propio gobierno revise y mejore su gestión.
Y la tercera –la más desafortunada- ha sido usada por este gobierno y su coalición para “correr sus líneas éticas” -bajo la premisa de que el fin (las reformas, la paz y trasformaciones sociales) justifica los medios- y “legitimar” ante seguidores y electores, por ejemplo, masacrar moralmente en campaña a Sergio Fajardo o Alejandro Gaviria o incorporar a la coalición a personajes que representan lo que se dice combatir, esto es, la política vaciada de contenido (Barreras, Benedetti, Prada, etc.) y que tienen a este gobierno al borde del abismo.
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