Los gobiernos alineados con la tentación izquierdista vienen adoptando políticas de seguridad a partir de la premisa según la cual, la pobreza es caldo de cultivo de la delincuencia. Pero esa es una premisa falsa. Ser pobre no es sinónimo de delincuente. El acto delictivo es un acto voluntario, es una decisión y, como tal, es el ejercicio de la libertad y la autonomía del ser humano para determinar todas sus conductas. Así, como lo dice Agustín Laje en la cita que sirve de epígrafe a esta columna, los actos del delincuente generan responsabilidad individual, tanto de carácter penal como civil. La primera para pagar la pena definida en la ley y la segunda para reparar el daño causado.
En el último año, luego del advenimiento al poder del presidente Gustavo Petro, y después de la promulgación de la política de Paz Total, se ha producido una escalada del crimen en todas sus modalidades, tanto en lo rural como en lo urbano. Las cifras son escalofriantes. En el primer trimestre de 2023 Medicina Legal reportó 6.647 muertes violentas en Colombia, esto significa 73 homicidios diarios. Esa es una cifra de muertes superior a la producida en la guerra de Rusia contra Ucrania en el último año. Durante todo el conflicto iniciado por Rusia en febrero de 2022, esto es, en un año y medio, la ONU contabiliza 7.199 muertes. Nosotros tuvimos una cifra muy cercana a esa en apenas tres meses de 2023.
Pero, además, la sevicia y premeditación con la que se cometen muchos de estos crímenes en Colombia, también son más propios de una guerra total. Durante este año, a corte del 8 de agosto de 2023, se realizaron en nuestro país 57 masacres, para un total de 185 personas muertas en estos asesinatos masivos. El macabro y demoníaco “plan pistola” aplicado por guerrillas y bandas criminales; las cifras del “sicariato” y de feminicidios, también son otra muestra de la gravísima situación de seguridad personal por la que atravesamos.
No voy a referirme a los demás delitos que se cometen a diario, solamente debo decir que los hurtos violentos a personas, comercios y residencias también crecen exponencialmente. Han vuelto el secuestro y el reclutamiento forzado de menores, que casi habían desaparecido.
Definitivamente, algo no anda bien en la seguridad de nuestro país. Si la proyección sigue como viene, este año vamos a duplicar las muertes violentas de años anteriores, con más de 28.000 homicidios en Colombia. Esa es la cuarta parte de los muertos que produjo la bomba atómica en Hiroshima.
Me excusan los lectores las comparaciones utilizadas, que pueden parecer dramáticas. Pero es que lo son y lo que quiero es que nos pellizquemos todos, de modo que no sigamos siendo testigos mudos de un nuevo holocausto. Tenemos que reclamar las rectificaciones que sean necesarias, tanto del Gobierno Nacional como de los gobiernos regionales y locales. Los delincuentes no son “pobrecitas víctimas”, son victimarios sanguinarios. Las teorías ideologizadas dejémoslas para otros debates, no para poner en más riesgo la vida de los colombianos.
