Columna

Necesidad de Dios

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MIGUEL RAAD HERNÁNDEZ
23 AGO 2023 - 12:00 AM

La grave situación de violencia multisectorial en nuestro país, con sus secuelas de muertos y heridos, nos ubican de sextos entre los países más violentos de todo el continente americano; así mismo, la situación de pobreza creciente, inequidad y desigualdad social que padecemos y la polarización de nuestros dirigentes y ciudadanos, que les impide hacer un nuevo pacto social para construir una nueva sociedad más justa y amable para todos, siempre en progreso, generan incertidumbre, angustia y desazón en la sociedad colombiana. El panorama no es mejor en el resto de Latinoamérica. En unos países más grave que en otros, pero en conjunto somos de lejos la subregión más violenta y desigual que muchas otras subregiones del mundo. Todo eso y más, me contagió la sensación de impotencia y frustración del pueblo colombiano y latinoamericano frente al actual estado de cosas y así, casi como refugio in extremis, pensé en la necesidad de Dios en el seno de nuestras sociedades.

En Latinoamérica en general, los ciudadanos confesamos mayoritariamente profesar la Fé cristiana, aquella que se nutre de las enseñanzas de los Evangelios, donde el mandamiento supremo de Jesús fue el del Amor. Amar a Dios por sobre todas las cosas, esto es, acogerse a Él, a sus mandatos y a sus criterios para una vida en busca de la perfección suprema; y también amar al prójimo, a nuestros semejantes, como a sí mismo. Si nuestra Fe fuera auténtica, vivencial, radical y comprometida, estaríamos haciendo todos los esfuerzos por encontrar las salidas más racionales, ágiles y equilibradas a nuestras múltiples encrucijadas como pueblo de Dios, empezando por suprimir la violencia y el hambre para salvaguardar la vida como el bien más preciado.

El doctor Carlos Corsi Otálora (1936), escritor, investigador, político y un fervoroso creyente, fundador de un movimiento político denominado “Laicos por Colombia”, explicaba en su obra máxima “Liberación”, cómo Latinoamérica, percibida en la Iglesia como “el continente de la esperanza cristiana”, se había convertido en realidad en “el continente del escándalo cristiano”. Y todo por la incoherencia entre la Fe que decimos profesar y la realidad de la vida que llevamos y construimos. Los latinoamericanos, o por lo menos la mayoría, no vivimos nuestro cristianismo de manera consciente, creciente y compartida, como nos lo pide nuestro Maestro y Salvador Jesucristo. Hemos desvirtuado elementos esenciales del cristianismo, como lo es el perdón de nuestras culpas. Creemos que Dios nos puede perdonar siempre, porque es la suprema misericordia, pero olvidamos que Jesús nos enseñó que ello se producirá siempre que nosotros perdonemos a quienes nos ofenden. Ahh y cuánto nos cuesta perdonar. Nos quedamos en la ley del Talión. Y creemos que mediado el perdón no habrá pena por nuestras faltas, que es una concesión graciosa. Y esto no es así. Dios nos perdona, pero pagaremos por nuestras faltas antes de obtener la redención eterna.

La religión es un venero de valores y virtudes que siempre necesita toda sociedad y que la definen y distinguen en el concierto de las naciones. Ella contribuye también desde la tradición y la experiencia a estructurar nuestra cultura. La Iglesia Católica, además, “es maestra en humanidad”, como decía nuestro recordado Arzobispo Carlos José Ruiseco. No en vano son más de dos mil años vadeando los hitos de la historia humana y aprendiendo ella misma de sus errores humanos.

Nuestro actual gobernante, durante su campaña electoral, fue recibido en Roma por el Papa Francisco, el Pontífice que llegó de Latinoamérica, y a su regreso a Colombia se le oyó por un tiempo invocar mensajes bíblicos y eclesiales y hasta utilizar un lenguaje más propio de la Iglesia que de los políticos. Ojalá las dificultades del Gobierno no le enmascaren el obvio mensaje recibido del Santo Padre y vuelva a transitar los senderos de la concordia, el entendimiento, el diálogo reposado y asertivo, y la eficacia gubernativa. Un gobernante no puede olvidar que a quién juzgará la historia es a él, no a sus adláteres.

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