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Columna

La cuestión es la productividad rural

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Encontrar la forma de estabilizar la producción agropecuaria de manera creciente, sostenible y rentable, es la única forma de lograr la seguridad alimentaria nacional, la generación de empleo rural bien remunerado, la creación de nueva riqueza para los campesinos y la estabilización de los precios de la canasta familiar. No basta con repartir tierras a los campesinos, comprándolas a los terratenientes a precios de inflación, porque con ello lo que se logra inicialmente es un mero traspaso de capital a los vendedores.

La Reforma Agraria viene intentándose en Colombia desde la expedición de la Ley 200 de 1936, luego en los años sesenta con la creación del INCORA y las leyes 1 y 135 de 1968, posteriormente se creó el INCODER hasta desembocar en la Agencia Nacional de Tierras creada por el Decreto 2363 de 2015. Ese periplo legislativo y de políticas de redistribución de la tierra cubre un lapso de 87 años hasta la fecha. Sin embargo, cuando examinamos los resultados parece que hubiéramos caminado en círculos. Hoy escuchamos otra vez que hay que dar la tierra a los campesinos. Y el éxito de la política se mide por el número de títulos expedidos.

Pero nada nos dicen esos mismos dirigentes de la productividad del campo colombiano, donde el crecimiento del PIB rural ha sido casi que vegetativo. Ha tenido años buenos, como el 2015, cuando creció un 17%, pero en el segundo semestre de 2023 decreció – 0,3%. El aporte del sector rural al PIB total de la Nación para final de 2023 se proyecta en un crecimiento del 0,3%, cifra realmente pobre. Y la mayor parte de ese PIB es gracias a la producción de café suave, como hace más de 100 años. En el entre tanto perdimos la producción de muchos productos como el maíz, el algodón, el sorgo, la soya, el ajonjolí, el tabaco, los frutales de tierra caliente, el ají, el arroz en la costa atlántica, etc. Algunos éxitos como el banano, las flores, el aguacate y, más recientemente el plátano hartón, no han podido revertir la tendencia general.

Especialmente grave resulta la pobre producción de maíz, sorgo y soya, pues son insumos básicos en la producción de alimentos concentrados para la producción de la proteína animal que más consumen los estratos de menores ingresos (pescado, cerdo, pollo, huevos). Hoy debemos importar lo que necesitamos, a precios exorbitantes por la escalada del dólar y otros factores concurrentes, encareciendo los precios de la proteína animal. El control efectivo a la inflación es el aumento de la producción hasta equiparar la demanda. Todas las demás estrategias son artificios finalmente ineficaces. La misma fórmula sirve para generar empleo y riqueza en el campo, lo demás es carreta.

Entonces la cuestión en el campo es el incremento de la productividad rural. Como en la celebérrima frase “Es la economía, idiota” aquí, parafraseando diríamos “Es la productividad,....”. Claramente hay que contar con la existencia de la voluntad política en el Gobierno para dinamizar la estrategia. Eso sí, voluntad política y que la cabeza encabece, No se puede dejar en manos de la burocracia su desarrollo porque fracasará. Hay que convocar a los que han tenido casos de éxito en cada especialidad y tener a los campesinos como actores principales. En próximas entregas analizaremos formas probadas de implementación y desarrollo.

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