Decimos en el argot popular que la esperanza es lo último que se pierde y algún teólogo de este continente, ante algunos conflictos vividos, dijo que había perdido la esperanza que era peor que perder la fe. En este tiempo de tanto interés larvado en mantener la confusión y propiciar el caos, desde todos los frentes, tanto de derecha como de izquierda, tenemos la tentación de perder la esperanza en la posibilidad de un país en paz, donde los niños campesinos puedan volver a levantarse en la madrugada para ir a la escuela o a la eucaristía de domingo, y en los campos en lugar de los fusiles, suenen los canarios y sigan cantando los turpiales.
Esta semana por la paz que concluye nos ha encontrado con noticias lamentables de enfrentamientos de uno u otro grupo contra el Ejército; o de ellos entre sí. ¿Es posible seguir creyendo en la posibilidad de la paz? Sí, el cristiano no se vence y el sentido de la apocalíptica judía, como género literario, es la afirmación certera de que las bestias del mal no podrán vencer al Cristo y la mujer será capaz de pisar y dominar la serpiente mortal. Algo de esta esperanza contra toda esperanza de la que habla Pablo de Tarso necesitamos en esta hora. Y los políticos que sean sensatos, en lugar de atizar los carbones de la guerra, deberían unirse en el propósito mayor de la paz. No hacerlo, o ignorar a las víctimas de la violencia en campos y sectores populares de las urbes, es traicionar la verdad del pueblo y negar, una vez más por sus silencios cómplices, que el tiempo se ha cumplido y que a los pobres se les anuncia la proximidad del Reino.
A pesar de las metrallas y los asaltos en el Cauca, Nariño, Norte de Santander o cualquier otro rincón de esta patria dolorida, quienes creemos en la necesidad y urgencia de una paz posible, no podemos claudicar ante los poderes detrás de la guerra; a los que les conviene que los campesinos sigan sin tierras, los jóvenes pobres y sin oportunidades sigan sin llegar a ser profesionales y las masas mantengan la conciencia ingenua de seguir creyendo en tanto lenguaje cascarino, porque sólo al ser pronunciado, se pulveriza.
Que todo lo que se ha reflexionado, propuesto y sugerido en la semana por la paz toque el corazón y la conciencia de muchos, para que así sea posible mantener la esperanza y la paz vuelva a vivir. Que vaya el pueblo santo fiel de Dios pasando de la conciencia ingenua que cree todo lo que se dice en tanto discurso fatuo, a la conciencia crítica que exige y pide hechos que acompañan las palabras y promesas que se cumplen, porque se hacen desde la sinceridad y la verdad. Mantener la esperanza a pesar de todo es no darle gusto a los violentos y a los negociadores con el dolor ajeno. La fuerza del Espíritu de Dios, en los artesanos de la paz, será siempre mayor que todos los infortunios de este tiempo.
*Teólogo, Parroquia Santa Cruz de Manga.
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