Columna

Dejen de tirarse piedras

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JOSÉ H. RIZO DELGADO
14 OCT 2023 - 10:51 PM

La instrumentalización de Dios está en boga en estos tiempos electorales. Mencionarlo consciente o inconscientemente hace parte del repertorio de algunos políticos, de sus secuaces y de sus cómplices, cuyo objetivo casi único en campaña es convencer como sea a los electores que voten por ellos, con tal de ganar el puesto y mantener el ciclo perverso de vivir ilegalmente del tesoro oficial.

Es impresionante la distorsión que tienen del concepto de robar. No ven nada malo en apropiarse de los recursos del Estado mediante burocracia y contratos y, premeditadamente, privar a los ciudadanos de empleo, salud, educación, vivienda, servicios públicos, infraestructura y hasta de alimento. Pepe Mujica, expresidente uruguayo, en una de sus sabias frases dijo: “Hay gente que adora la plata y se mete en la política, si adora tanto la plata, que se meta en el comercio, en la industria, que haga lo que quiera; no es pecado. Pero, la política, es para servir a la gente”.

Detrás de lograr su cometido, la mayoría se las tiran de santos. Mencionan al altísimo a tutiplén sin un ápice de vergüenza ni temor a Dios; se los ve en los templos acuclillados, con sus piadosas manos en posición angelical y con sus diáfanas cabezas inclinadas cual condenados a punto de recibir el golpe que se las hará rodar, quedando como mártires de la transparencia, con tal de que el votante crea que son inmaculados y piadosos.

Dicen ser muy cristianos y se les embolata, como por arte de campaña, la parábola de la mujer adúltera, cuando el maestro les dijo a los fariseos: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Dice Leo Tresse sobre robar en su libro ‘La fe explicada’ (pág. 185): “Es irrazonable rehusar dar a alguien algo que necesita para salvar su vida. Así, el hambriento que toma un pan no roba”. No es el caso de los políticos corruptos cuando los mueve es la ambición de poder y la codicia de dinero; enriquecerse con los impuestos del sudor de la frente de los contribuyentes. Los fariseos se fueron. Ellos se quedan tirándose piedras entre sí.

Así como los fariseos se observaron a sí mismos y se dieron cuenta de su rabo de paja, hay un momento en la vida que todos debemos superar las justificaciones mentales de los comportamientos indebidos o incorrectos. ¿Quién en la vida y en la inmadurez de la juventud no ha cometido pecaditos o pecadotes de corrupción de alguna índole? Sin embargo, la vida, las enseñanzas morales y los golpes nos hacen entender los paraqués y porqués; todos estamos llamados a cumplir el séptimo mandamiento y, en algún momento, tomamos los correctivos a que haya lugar. Pero terrible la situación del político que continúa en su trajinar de cristiano mentiroso, cuya obscura vergüenza lo lleva a autoconvencerse de que Dios no será su verdugo nunca y, al contrario, abusa de su nombre para engañarse a sí mismo y al incauto elector.

“Dicen ser muy cristianos y se les embolata, como por arte de campaña, la parábola de la mujer adúltera...”.

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