El pasado 15 de noviembre falleció, a los 95 años, el doctor Daisaku Ikeda: un verdadero campeón del humanismo.
Pretendo aquí homenajear a una persona extraordinaria, que dedicó su vida a la paz, la educación, la cultura y el diálogo sincero desde los valores humanos, con un mensaje atemporal e inspirador. Una persona de la que he aprendido toda mi vida, que admiro y que ha sido una guía permanente.
Daisaku Ikeda fue un filósofo, escritor y líder mundial nacido en Tokio, en una familia productora de algas que vivió las desgracias de las guerras mundiales. Dedicó su juventud junto al maestro Josei Toda a luchar por la abolición de las armas nucleares y la libertad religiosa.
Hoy, sus grandes contribuciones son ampliamente reconocidas. Fundó varias instituciones globales basadas en la filosofía soka (creadora de valor). Entre esas: la Soka Gakkai Internacional, una organización budista laica de más de doce millones de miembros, dedicada al empoderamiento humano y hoy órgano consultivo de la ONU, el Centro Bostoniano de Investigación para el Siglo XXI, el Instituto Toda por la Paz y la Asociación de Conciertos Min-On.
Igualmente, y pese a no haber podido acceder a la educación superior en su juventud, recibió alrededor de cuatrocientos títulos doctorales “honoris causa” de las universidades más prestigiosas del mundo y publicó cientos de libros: disertando temas sociales con líderes como Arnold Toynbee y Nelson Mandela; postulando orientaciones sobre la vida y la espiritualidad, como la Nueva Revolución Humana; y recopilando conferencias en los más importantes foros académicos y religiosos.
Basado en la filosofía budista y sus diálogos, Ikeda desarrolló postulados que cobran cada vez más sentido en una sociedad convulsionada y llena de incertidumbre. El más importante es quizá el de la “Revolución Humana”, según el cual la transformación de cada individuo y su decisión de impactar en las comunidades más próximas desde el respeto absoluto por la dignidad de la vida en cada una de sus expresiones, con “sabiduría, coraje y solidaridad”, es la clave para la felicidad y la prosperidad. Dice: “La gran revolución humana de un solo individuo propiciará un cambio en el destino de una nación y, más aún, permitirá cambiar el destino de toda la humanidad”.
Hoy, la armonía social, los derechos humanos y el desarrollo sostenible -tareas esenciales de Ikeda- deben ser nuestros grandes propósitos. Dialogar en la diversidad y ver en los demás un reflejo de nuestra propia vida y valor.
Con toda seguridad, la obra de Daisaku Ikeda seguirá representando un modelo inspirador de servicio y creación de valor que muchas generaciones conocerán y continuarán, para lograr la paz y el humanismo sobre nuestra Tierra.
