Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe y vana nuestra esperanza, nos dice Pablo de Tarso (1 Cor 15,14). Él, que no fue testigo ocular, sino contemporáneo de los primeros testigos de la resurrección, se hace parte de este testimonio de tradición y lo asume hasta dar la vida por el mismo.
Afirmar que la resurrección es cuestión radical no hace relación directa al cómo fue la resurrección, sino al carácter sustentante de la experiencia religiosa cristiana desde la raíz. La raíz de la fe está en la seguridad que Jesucristo ha resucitado, vive. La afirmación “el Padre resucitó a su siervo Jesús” ha sido y sigue siendo la roca fundamental de la confesión de fe cristiana.
Los cristianos afirmamos que Jesús de Nazaret, el predicador del Reino, quien vivió su existencia en una relación de profunda intimidad con el Dios al que llamaba “Padre”, el que de tal manera asumió lo humano, que lo humano parece vivirse desde un exceso, desde un más que nos permite constatar que humano como fue Jesús de Nazaret, solo podía serlo Dios. Y ese Jesús no quedó vencido en la soledad del silencio de la muerte: ¡Vive!
La resurrección es una confesión de fe. Creer en la resurrección es afirmar, con los primeros testigos, que el sentido de la vida, de la realidad, de la historia, de la creación, es salir de Dios y volver a Dios. El Padre creador, el Hijo que nos salva y el Espíritu que hace nuevas todas las cosas nos compromete en la construcción del Reino de Dios como su reinado, desde ya. Y desde ya, en una tensión hacia la plenitud de toda la realidad en Jesucristo Señor.
No creemos en un muerto ilustre del pasado, sino en la presencia de Alguien vivo y actuante en medio de las vicisitudes de este país cada día más polarizado y cada vez más difícil de modificar en sus estructuras de injusticia y desigualdad. La confesión de fe en Jesucristo resucitado genera una pasión: la pasión de comprometerse con la causa de Jesús, impulsando toda construcción de la justicia, la solidaridad, la paz en una Iglesia comunión de iguales. He ahí el desafío que nos remite a la raíz.
La fe en la resurrección posibilita que una comunidad atemorizada, encerrada y temerosa ante el asesinato del Maestro Nazareno, salga a predicar al predicador original, asumiendo el riesgo de la propia vida, porque para ellos todo fue entonces claro con relación a lo que no habían comprendido. Por ello los relatos de resurrección tienen una intencionalidad fundamental: dar testimonio de que Jesús sigue vivo, glorificado, porque resucitó. No tienen la intención de verificar hechos del pasado, sino responder al gran hecho: ¿de qué nos sirve que un muerto se haya parado de la tumba hace más de dos mil años, si no cambia nuestras vidas? La respuesta a este interrogante conllevó para las primeras comunidades cristianas la transformación de sus vidas. ¿Y para ti?
Teólogo, Santa Cruz de Manga.
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