Es factible que muchas personas sigan pensando que el cambio en la denominación del Ministerio de Cultura por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes es un capricho del actual Gobierno Nacional, una tendencia de países tercermundistas de querer transformar la historia o simplemente una extravagancia por dejar una huella. El nombre refleja algo que se venía reclamando desde todas las regiones del país, solo que, para muchas élites, solo es visible o valorable la cultura que se expresa en la capital. Esta es una deuda que se remonta, en lo más cercano, a la Constitución de 1991, en la que se hace patético en el Artículo 7º: “El Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la Nación colombiana”. Este es el punto de partida para que se empezara a reconocer el carácter pluriétnico y multicultural que somos como nación. Otros artículos de nuestra Constitución reiteran ese carácter, donde además se plasma la obligatoriedad del Estado de proteger y propiciar la conservación de esas particularidades culturales locales y regionales. En el Artículo 70, queda más claramente establecido el rol del Estado frente a esa diversidad que, por tres décadas, se siguió omitiendo, cuando se afirma que “el Estado tiene el deber de promover y fomentar el acceso a la cultura de todos los colombianos en igualdad de oportunidades, ... en todas las etapas del proceso de creación de la identidad nacional”. Y remata ese artículo con un enunciado que se encuentra en diversas formas en casi todas las naciones: “La cultura en sus diversas manifestaciones es fundamento de la nacionalidad”.
Si la cultura es entonces el fundamento de la nacionalidad y el mecanismo para la creación de la identidad nacional, con mayor razón esas dos funciones operan en forma similar a nivel local y regional. Si una ciudad es multiétnica y pluricultural, es Cartagena. El poblamiento dado durante 5 siglos, como alguna vez lo describió el magistral Juan Gossaín, lo certifican; pero reconocer esa diversidad, visibilizarla, valorarla, enseñarla es una tarea que se tiene que hacer. Su apropiación no se da en forma espontánea. Tiene que hacerse intencional y ello debe dar cuenta de todo lo que somos y hacemos como sujetos culturales que somos, proceso que se da casi simultáneamente con el de formamos como sujetos sociales y antes, incluso, de hacernos ciudadanos.
Es imprescindible que entre nosotros se asuma la diversidad y complejidad, la dinámica cambiante y al mismo tiempo perpetuadora de nuestras manifestaciones en la gastronomía, las artesanías en su inmensa gama de expresiones y usos, el vestido, la vivienda, las artes en todas sus expresiones, incluso aquellas más recientes que dan cuenta de las formas de expresión de los jóvenes y nuevos habitantes de nuestra urbe, de la música y los instrumentos que la crean y la acompañan, hasta las expresiones espirituales que nos permiten reconocernos como seres humanos.
