Columna

El bifé

“Saquemos la vajilla, los cubiertos, las copas… usémoslos con los seres que amamos”.

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Diana Martínez
12 JUL 2024 - 09:01 PM

Recuerdo que mi mamá guardaba en un mueble llamado bifé: copas de cristal, vajillas de porcelana, pocillitos de té con grabados de dragones en alto relieve, cubiertos de plata, servilleteros… ella decía que todas esas cosas eran finísimas y que solo se podían usar en ocasiones especiales o cuando llegara a la casa una visita importante. Y nos vivía advirtiendo: “¡Tengan cuidado con esas cosas, porque si se llegan a partir, no las vuelvo a tener nunca más!”.

Decía, por ejemplo, que las copas de cristal habían sido de mi bisabuela, que las trajo en barco en uno de sus viajes a Europa. Que la vajilla se la trajo su madrina de Checoslovaquia, cuando existía Checoslovaquia. Que los servilleteros de plata fueron los que se usaron en la cena de compromiso de mis abuelos… y así, a su turno, cada cosa tenía su pedigrí.

Yo no tengo noción de haber visto algún día esas cosas puestas sobre la mesa. Al parecer, esa ocasión especial o esa visita importante nunca llegó. Mis hermanos y yo algunas veces abríamos las puertecitas de vidrio y tocábamos esos objetos con mucho cuidado, como si fueran piezas de museo. Es más, varias veces cometí el sacrilegio de jugar a los chocoritos con los pocillitos de dragón que le había traído una tía de la China (¡Up! Acabo de hacer una revelación, solo espero que mi mamá no lea esta columna, porque les aseguro que va a ir al bifé a revisar los pocillitos).

Hoy que estuve en mi casa, me quedé viendo el bifé. Y veía esas cosas puestas exactamente en el mismo lugar. Y pensaba que algún día yo también las heredaré, y seguirán guardadas en esa especie de mausoleo de generación en generación, esperando que llegue la ocasión especial o esa visita importante.

Y reflexionaba que así vivimos, guardando cosas para después; sin ser conscientes, de que, como decía el poeta: “Después el café se enfría, después los hijos crecen, después la gente se envejece, después el día es noche, después la vida se acaba”.

Los griegos afirmaban que el valor de las cosas estaba en su utilidad, es decir, en que las podamos usar. Por eso, saquemos la vajilla, los cubiertos, las copas… usémoslos con los seres que amamos y hagamos especiales esos momentos, porque ellos son la visita más importante.

Échate el perfume caro, usa el reloj, ponte los zapatos que tienes guardados dentro de una bolsa para que no se te dañen (cuando te los quieras poner, verás que de no ponértelos también se dañan)… en fin, qué sentido tiene guardar cosas para después, si no sabremos si habrá un después.

Y a las mamás que viven guardando esas prendas finísimas y no las usan, lamento decirles que esas prendas las termina heredando la nuera esa que nunca les cayó bien.

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