Columna

Nomen omen

“Si lo desconocían, existe el Decreto Ley 999 de 1988, que permite modificar el nombre por una sola vez...”.

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JORGE DÁVILA-PESTANA VERGARA
24 JUL 2024 - 11:30 PM

A veces creemos que colocar nombres a los hijos es cosa de poca monta, olvidando lo primordial e importante que es. Ese primer paso que dan los padres cuando nacen habrá de ser una cuestión determinante para su desarrollo e identidad. Será la impronta personal, la etiqueta que definirá la primera impresión que se pueda tener sobre ellos. El reconocido psicólogo español Sergio García Soriano afirma que un nombre complicado puede afectar la personalidad, generando poca integración, pues los nombres son como la piel de las cosas, siendo lo primero que nos encontramos en las relaciones sociales, envolviendo de esta manera a quien lo posee. Para él, de acuerdo con el tipo de nombre que tenga una persona, se generará una serie de expectativas, las que causarán determinadas connotaciones que definirán parte importante de lo que los demás esperan de dicha persona.

Una investigación de la Universidad de Marquette de Wisconsin arrojó que las personas con nombres comunes tienen más probabilidades de ser contratadas por las oficinas de talento humano que aquellas con nombres raros. Y recientemente un estudio de la Universidad de Nueva York reveló que personas con nombres más fáciles de pronunciar suelen ocupar puestos de mayor categoría en el trabajo.

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En muchas ocasiones, en embarazos de alto riesgo, los padres encomiendan el parto a una virgen o a un santo de apelativos extravagantes, y bautizan a sus hijos con el nombre de quien les hizo el “milagro”. Si lo desconocían, existe el Decreto Ley 999 de 1988, que permite modificar el nombre por una sola vez. ¡Por favor, póngaselo usted y no perjudique a su hijo!

A veces se le quiere rendir homenaje a un antepasado con su nombre, el cual fue usual y ya no, colóqueselo entonces de segundo nombre, así evitará el acoso escolar que le espera al niño cuando ingrese al colegio. Y si es inmigrante, no olvide registrar a los hijos nacidos en el país que los acoge, con nombres corrientes que se estilan en él. Recuerde que en el mundo hay discriminaciones latentes para los extranjeros. No se ven, pero se producen, por lo que se hace necesario mimetizarlos.

En Dinamarca, para que no ocurran estos disparates de poner nombres insólitos, o estrambóticos, solo se permite registrarlos de una relación de 7.000 aprobados por ley. Y en España está prohibido inscribir a los hijos con nombre que objetivamente los perjudiquen, produzcan confusión en la identificación o induzcan a error en cuanto al sexo.

Hace siglos los romanos en su imperio civilizador ya consideraban el nombre como una marca decisiva para la vida. Era todo un augurio. Una premonición. Creían tanto en la trascendencia y el poder del apelativo que dos mil años atrás, sabiamente, ya expresaban este aforismo latino: Nomen omen (Un nombre, un destino).

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