Columna

Einstein y Edison: pésimos alumnos

“Genios de todas las ramas del conocimiento, fueron calificados ‘Inferiores’, ‘Retardados mentales’ en escuelas y colegios”.

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HENRY VERGARA SAGBINI
29 JUL 2024 - 12:41 AM

Genios de todas las ramas del conocimiento, fueron calificados “Inferiores”, “Retardados mentales” en escuelas y colegios. Centenares de ejemplos corroboran semejante despropósito, entre ellos Albert Einstein y Thomas Alva Edison, quienes desarrollaron talento y creatividad apoyados en sus familias, que instruyeron la genialidad escondida bajo mantos de timidez y reposadas capacidades analíticas.

Albert Einstein Koch (Alemania, 1879 – EE. UU., 1955), ícono del siglo XX, nació obeso, cabeza gigante y deforme, presagiando futuro incierto y, efectivamente, no culminó sus estudios en las fechas previstas. Se aburría en clase, odiaba la autoridad inquisitiva; en las evaluaciones tardaba contestando sencillos cuestionarios y, según sus profesores, tenía severos problemas de aprendizaje: a los 16 años fue expulsado del Instituto de Múnich, con énfasis en la memorización y en la repetición de la repetidera. A pesar de las dificultades escolares, Albert Einstein es considerado de las mentes más brillantes de la humanidad: Premio Nobel de Física, Teoría de la Relatividad, efecto foto-eléctrico, cámaras digitales, tiempo unificado, órbitas gravitacionales, movimiento expansivo del Universo, entre muchos otros. Su cerebro, conservado en la Universidad de Kansas, es visitado por millares de personas; mientras el de sus tercos profesores, devorados por el olvido y los gusanos.

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Fuera de lugar

A Thomas Alva Edison (EE. UU., 1847 – EE. UU., 1931) le tocó superar similar viacrucis educativo: el inventor de por lo menos 10 aparatos que cambiaron el mundo, fue considerado en su escuela “Débil mental, semisordo, atención dispersa” y, sin embargo creó en 1093 aparatos, entre ellos la bombilla eléctrica que iluminó todos los rincones del planeta, cámara de cine, micrófono, fonógrafo, vehículo eléctrico. Semejante genio de la modernidad también recibió la impronta de “pésimo estudiante, aversión a las matemáticas”. Los docentes jamás se percataron de su pasión por la inventiva y, a sus 8 años, fue expulsado por “rendimiento académico mínimo, sumamente distraído, receloso e incapaz”, enviándole a su madre, sobre lacrado, tan doloroso veredicto: “Apreciados señores: aconsejamos retirar a su hijo de nuestro prestigioso colegio, matricúlenlo en institución para débiles mentales”. Su madre lloró desconsolada mientras Thomas indagó el origen de sus lágrimas: “¡Lloro de felicidad hijo mío! Aseguran eres alumno brillantísimo, mereces mejor colegio”. Cuando ella murió, Thomas, convertido en celebridad, adolorido y nostálgico encontró aquella carta y se enteró del ponzoñoso contenido, firmada por rector y profesores con almas de sepultureros.

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