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Columna

Las joyas de nuestra cartageneidad

“La cocina cartagenera es un encuentro real en todos los sentidos, que se convierte un señal de unión familiar...”.

Juan Sebastián Rodríguez

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Cartagena es una ciudad que vive inmersa en la historia y palpita al ritmo de su población, la cual se siente orgullosa de sus tradiciones. Estas prácticas diarias, que caracterizan y conectan a los cartageneros, convierten la rutina en una danza de cultura, tradición y compañerismo. Costumbres que nos unen.

No hay mejor manera de conocer a un cartagenero que sentándose a charlar en una de las múltiples terrazas de las casas; las tertulias son esenciales en la vida de Cartagena. En estos encuentros se comparten anécdotas, se debaten ideas y se construyen amistades que perduran toda la vida. La brisa marina y el murmullo lejano de las olas acompañan estas conversaciones, convirtiendo cada charla en un instante especial.

La cocina cartagenera es un encuentro real en todos los sentidos, que se convierte un señal de unión familiar. El pescado frito (pargo, sierra u otros; la arepa de huevo... Recordar el poema de Daniel Lemaitre), la posta cartagenera, el arroz con coco (negro o blanco) y los dulces típicos (como el enyucado y el muñequito de leche) son parte de una tradición y unión de las mesas de las familias. Cada uno de estos platos tiene su propia historia y unión de culturas africanas, indígenas y españolas. Comer en Cartagena es conectarse con la historia y el alma de la ciudad.

La fe es un motor de la vida de los cartageneros. Las procesiones y celebraciones religiosas, como la Semana Santa; la devoción al Santo Cristo de la Expiración, ubicado en la parroquia de Santo Domingo; la fiesta de la Virgen de la Candelaria en La Ermita y en La Popa, no solo son eventos de profunda espiritualidad, sino también de unión comunitaria. Familias enteras participan, mostrando su devoción y manteniendo vivas las tradiciones que han sido transmitidas de generación en generación. Estas celebraciones son un recordatorio de la fe y esperanza que caracteriza a nuestra gente.

A Cartagena también la mueve el baile. La música, especialmente la salsa, el vallenato, la champeta y la cumbia, es la que mueve a los locales. Es común ver a niños y adultos por igual disfrutando de una buena fiesta o parranda en una fiesta privada o en una calle de la ciudad. El Festival de Música del Caribe y las festividades de la Independencia de Cartagena (11 de noviembre) son ejemplos vibrantes de cómo la música y el baile son expresiones esenciales de nuestra identidad.

Los cartageneros son también muy solidarios, siempre dispuestos a dar una mano. Recuerdo el ejemplo de la pandemia del coronavirus en los años 2020 y 2021, cuando todos salimos a ayudarnos. Así mismo, he visto la organización comunitaria para proteger y embellecer barrios. Esta solidaridad es un testamento del espíritu de fraternidad y caridad que reina en nuestra ciudad, un lazo que nos une y nos fortalece.

No podemos hablar de costumbres sin mencionar el orgullo de ser cartagenero. Este orgullo no solo se refleja en cómo defendemos y preservamos nuestra cultura, sino en la manera en que llevamos a Cartagena en el corazón, sin importar dónde nos encontremos, recuerdo de mi época de ausencia sentimental cuando estudiaba y trabajaba en Bogotá. Este amor por nuestra tierra, por sus calles adoquinadas, por sus murallas, por la Catedral Santa Catalina de Alejandrina, demás templos parroquiales y por su gente.

Ser cartagenero es siempre conectarnos con nuestras raíces e historia. Ser cartagenero es más que vivir en esta ciudad; es compartir un tradición que nos ha sido confiado por aquellos que ya no están con nosotros. Es un privilegio y un deber que llevamos con orgullo el ser cartagenero y disfrutar la cartageneidad.

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