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Columna

Vandalismo

Lo que ha ocurrido recientemente, la destrucción de bienes públicos asociados con instalaciones educativas, de salud, de transporte y de deporte.

RAÚL PANIAGUA BEDOYA

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Desde hace más de 200 años las Ciencias Sociales vienen explicando y proponiendo acciones frente al vandalismo, fenómeno descrito desde 1794, retomando el nombre de los pueblos bárbaros que destruyeron a Roma en el siglo V, y prácticamente a todo lo que ese imperio había construido.

Lo que originalmente era la destrucción de las manifestaciones o productos de otra cultura, expresado en formas de salvajismo, barbarie y la absoluta falta de sentido, se ha venido simplificando, pues no se encuentran razones para entender lo que pasa en muchas sociedades y en nuestra ciudad, donde simplemente parece que prima el deseo o la pasión de destruir por destruir. En algunas circunstancias se encuentran acciones de vandalismo como muestra de capacidad para incidir en un grupo, de afectar o dañar o sencillamente disfrutar del acto vandálico, en otras ocasiones de atacar imágenes o símbolos de un gobierno, pero lo que venimos viendo no tiene ninguna explicación.

Lo que ha ocurrido recientemente, la destrucción de bienes públicos asociados con instalaciones educativas, de salud, de transporte y de deporte, normalmente no tiene muchas explicaciones, pues son acciones que van contra el bienestar, la calidad de vida, las oportunidades o el uso del tiempo libre de todos, en especial de los más vulnerables: niños, niñas, adolescentes y adultos mayores, en especial contra derechos y bienes colectivos.

Este fenómeno es una expresión muy grave o delicada de otros comportamientos o conductas que suceden en otras esferas, pero que confluyen en lo público. De una parte, expresa una precaria estructura familiar, donde ya no hay allí control alguno sobre el comportamiento de los adolescentes y jóvenes. Hay una muy pobre percepción de la autoridad, de la justicia y de las consecuencias que mis acciones pueden generar. Esto se asocia con la percepción que ha venido cobrando en la ciudad, de que puedo hacer lo que me da la gana con la certeza de que no me va a pasar nada.

Hay una ruptura de relaciones sociales y comunitarias, pues como lo describen los proponentes de la Teoría de las Ventanas Rotas, James Q. Wilson y George L. Kelling, “tan pronto como los controles de la comunidad se relajan mediante acciones que señalan que a nadie le importa, puede presentarse vandalismo”.

Si no se da un giro importante en la percepción comunitaria de que existe una autoridad, de que las leyes son para cumplirlas, de un reforzamiento de la educación, desde el preescolar; si no se atienden las manifestaciones de descomposición social, de desintegración familiar, poco podremos esperar. Si no hay un fortalecimiento de patrones culturales de cuidado y apropiación de los bienes públicos, preparémonos para seguir viendo acciones del más burdo vandalismo.

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