La palabra no existe en el diccionario de la Real Academia Española. No se trata de la Histamina, sustancia que liberan algunas células durante reacciones inmunes, como en las alergias. Tampoco debe confundirse con la Etamina, tejido muy fino y delicado de lana, seda o algodón. En inglés y sin la letra E, según el diccionario de Cambridge, Stamina es “la fuerza física y/o mental para hacer algo que puede resultar difícil y que llevará mucho tiempo”. Proviene del latín y significa, también, “poder para resistir o recuperarse, fuerza, resistencia”. En otras palabras, estamina significa aguante, resistencia. Y a su vez resistencia es la capacidad de aguantar o la fuerza para resistir.
Hoy se usa la palabra estamina en dos escenarios bien diferentes. Uno es en el deporte y se refiere a la capacidad para maximizar el rendimiento físico e incluye todas las estrategias inteligentes de gestión de la resistencia para lograr el éxito a través de un esfuerzo constante. Es la capacidad de adoptar un ritmo y así adaptarse para llegar al umbral del cansancio, a la antesala de la fatiga, sin sobrepasarlos para lograr el ritmo deseado por largo tiempo, como para una maratón. Según esto, estamina es someter al cuerpo a un esfuerzo físico máximo que permita tolerar la fatiga, pero sin excederse, puesto que sobrepasar ese punto podría ser contraproducente y llevar a un fracaso total. La estamina sería esa capacidad de soportar y resistir grandes retos y requiere constancia.
El otro escenario en que se usa la palabra estamina es en medicina. Quienes trabajan en salud lo han visto con frecuencia. Dos pacientes ingresan con un mismo trauma y/o enfermedad casi fatal. El primero ha llevado una existencia acomodada mientras el otro es un sobreviviente de una vida difícil, llena de carencias. El segundo siempre tendrá mayor probabilidad de sobrevida. A eso la ciencia le ha dado algunas explicaciones que pueden pasar por la palabra estamina y que en muchas partes del mundo tiene algunos nombres despectivos como “cafreina”.
En Colombia nuestra democracia lleva 200 años de carencias, bordeando ese límite del exceso, de ser destruida por los retos que impone la inveterada injusticia social, la corrupción, la demagogia y la desbordada gula de unos pocos. Hoy se esperaría que todo ello haya sido la estamina suficiente para fortalecerla para que pueda enfrentar riesgos nunca antes vistos y, tal vez, los mayores retos: la megalomanía de algunos líderes que piensan que son más que el Estado y, de contera, el despilfarrar la primera esperanza de una solución de izquierda. Esperamos que, como dijo Nietzsche, en “El crepúsculo de los ídolos”, hace mucho: “Lo que no me mata me hace fuerte”.
