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Columna

Las murallas de Cartagena de Indias

“Esta es en breve la poliorcética de Cartagena, que vio su mayor esplendor en el siglo XVIII, cuando se modernizaron sus murallas”.

RODOLFO SEGOVIA

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América alberga numerosas y bien preservadas ciudades coloniales, cada una con su primoroso carácter. Ninguna, salvo Cartagena, ha retenido, sin embargo, su fisonomía de ciudad amurallada y almenada, si bien la pequeña San Juan de Puerto Rico guarda similitudes. Las demás, y fueron muchas, han perdido casi totalmente sus muros bajo la pica del progreso. La fisonomía castrense confiere a Cartagena su encanto particular y único, que gozan turistas y enorgullece lugareños. Sin sus murallas, la ciudad sería apenas una joya colonial más.

El goce de Cartagena amurallada comienza por la dimensión estética. Sus volúmenes y sus sombras, al sol o al atardecer, ofrecen duros reflejos sobre la piedra y el solaz del claroscuro. Es un regalo para quienes pasean despreocupadamente desde el centro acordonado hasta los fuertes de su bahía. Esa fiesta del espíritu se profundiza con el conocimiento de cómo surgió tanta belleza y cuáles fueron los antecedentes morfológicos y geopolíticos.

Cartagena nació en 1533, sobre una isla donde aborígenes asentaban sus bohíos. Puerto muy protegido, se fue enriqueciendo por el creciente comercio con América. La prosperidad atrajo envidiosos y tres saqueos en 50 años. El fenómeno era generalizado en el Caribe, y el rey Felipe II decidió en 1585 fortificar sus dominios de América. A Cartagena la visitó Bautista Antonelli, el ingeniero del rey, y su plano de 1595 para la isla de Cartagena resultó la fe de bautismo de sus murallas. La obras definitivas comenzaron en 1614 con el Baluarte de Santo Domingo. El cerco culminó en 1635, cuando se extendió a Getsemaní. El broche pétreo de la ciudad, militarmente, es el Castillo San Felipe. Se construyó inicialmente en 1655 y se perfeccionó a partir de 1762. Por corrupta incuria de sus gobernantes, el cerrojo cartagenero inicial fue violado (una vez única) por piratas franceses en 1697, lo que nos recuerda al heroico don Sancho Jimeno en Bocachica. El cerco de Cartagena se hizo en poco tiempo comparado con el de otras plazas de América, que demoraron siglos. La defensa de Cartagena se extendía a impedir que el enemigo penetrara su bahía. Comenzó por la Bocagrande, al principio abierta al océano. De ese dispositivo quedan los fuertes de la bahía interior. Frenar el desembarco jugaba con la defensa microbiana de la ciudad. Se contaba con que, al demorar el desembarco, las inevitables enfermedades tropicales serían letales para el invasor, como se demostró durante la agresión inglesa comandada por Vernon en 1741.

Al cerrarse la Boca Grande en 1640, los fuertes se trasladaron a la otra entrada natural de bahía: Bocachica. Ya fortificada, la Bocagrande se reabrió a partir de 1740. Los ingenieros de Cartagena optaron por cerrarla con un increíble muro submarino, mientras levantaban una inexpugnable barrera para barcos en Bocachica. Pablo Morillo no pudo con sus muros en el Sitio de 1815; la rindió por hambre.

¡Ave Cartagena, la de las hermosas murallas!

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