En la mente y la conciencia de un líder gobernante hay una línea muy delgada en la forma de llevar a cabo su programa de gobierno, teniendo en cuenta la idoneidad de su ideología, los beneficios de su doctrina y lo eficaz del equipo de trabajo que estará a su lado. Es la línea de la ética con la que acompañará sus actuaciones y con la que espera lograr sus objetivos.
Según mi nuevo mejor amigo, el inteligente artificial Copilot, varios ejemplos hay en la historia de líderes que gobernaron con alta moralidad en el ejercicio del poder: el emperador mogol (India) Akbar El Grande, la emperatriz de Rusia, Catalina La Grande; y el emperador romano Augusto César, entre muchos otros. De este último se dice que fue el primer emperador de Roma, y que su gobierno y legado logró conquistar y administrar durante 200 años territorios en Europa, África y Asia, en lo que en la historia se ha denominado Pax Romana, llevando prosperidad y estabilidad a todos los pueblos conquistados, enfocando su mandato en una mejora constante de la vida de los ciudadanos, con una intención noble permanente.
Cuando nace un líder que representa una idea, un propósito, o una visión, nace un proyecto para transformar una sociedad, una nación, ejecutando las tareas necesarias para cumplir un plan que lo lleva a implantar los ajustes y las reformas pertinentes. Es de esperarse siempre que aparezca una resistencia a esas reformas, cuando ellas van a afectar la vida y los intereses de sectores contradictores y opositores. Es cuando el líder con sus aliados y seguidores entra a defender las causas de su plan de gobierno, acudiendo a medios legales o, en críticas ocasiones, a la fuerza.
Augusto César y los emperadores que siguieron su legado, llevaron desarrollo y prosperidad como objetivo primordial a los ciudadanos del imperio, por encima de pretender representar una tiranía que reprimiera la resistencia política, solo por mantener el poder. Respetaron límites culturales, religiones, tradiciones y costumbres, negándose a imponer las suyas con exagerada violencia. De esa forma, mantuvieron una paz estable en el imperio durante 200 años.
En Colombia, el líder que actualmente ostenta el poder, quien por su histórico resentimiento y ánimo de venganza ha tenido y tiene como principio fundamental la “combinación de todas las formas de lucha”, incluidos el secuestro, el asesinato, la extorsión, la violación y la nefasta práctica que más le está funcionando: la compra de retorcidas conciencias a través de la corrupción; a tal grado que los últimos meses hemos visto que no hay escrúpulos de ninguna índole para imponer, a como dé lugar, un proyecto con las bases fracasadas del socialismo castrochavista, subvirtiendo el orden constitucional y democratico, y afectando al ciudadano común en su luchada y merecida manera de ganarse la de vida.

