Acaba el 2024 y los cartageneros aprendimos una valiosa lección: es imprescindible mantener en casa todo el tiempo una reserva de agua potable en caso de que el servicio sea suspendido intempestivamente.
“Más de 48 horas sin agua: servicio se restablecería el miércoles”, se leía en los titulares el 18 de febrero, cuando un daño en la tubería de agua cruda dejó sin el preciado líquido al 40% de los cartageneros. “El jueves se va el agua en el 40% de Cartagena por 24 horas: vea barrios”, se titulaba la noticia en octubre (aunque finalmente ese porcentaje ascendió a 63%). En un episodio más reciente, se leía “La emergencia por falta de agua potable en Cartagena completa cuatro días”, cuando los medios informaban sobre el desabastecimiento el pasado 22 de diciembre.
Aunque ya en el pasado venía siendo un hecho recurrente, estos son algunos ejemplos que ilustran cómo 2024 fue el año en que quizá más veces los cartageneros dijimos “recojan agua, que se va”. Ya podemos decir que son parte de nuestra costumbre el tanque de agua en el baño, las duchas con totuma (como lo solíamos hacer cuando visitábamos a nuestros familiares en el pueblo) y la agonizante espera de que Aguas de Cartagena culmine las obras que realiza en el sistema de acueducto. Pareciera que se tratara de un guiño a aquellas viejas usanzas del desaparecido Electricaribe, de cortar el fluido eléctrico una y otra vez, caracterizadas por fuertes afectaciones al bienestar de la población, pero con someras repercusiones para la empresa prestadora del servicio.
No son pocas las ocasiones en que la causa del problema reposa sobre una tubería rota en el sector de Ceballos, lo que la ha vuelto una zona neurálgica. Las redes sociales -que en los últimos años se han vuelto un termómetro que mide cada detalle de muchos aspectos de nuestras vidas- reaccionan una y otra vez preguntándose si los tubos están hechos con galletas y no con un material más resistente. Sin embargo, ese simple rasero impone una duda sobre un problema de fondo que requiere mayor atención: la calidad de la infraestructura del sistema de acueducto de la ciudad y su capacidad para atender a una población creciente y muy cíclica por las temporadas turísticas.
Es grato saber que Aguas de Cartagena tiene prevista una inversión por más de COP 17.000 millones que permitirá paliar los estragos ocasionados por tan frecuente suspensión del servicio de agua potable; sin embargo, hasta tanto no se materialicen los trabajos y proyectos que se tienen planeados, los cartageneros seguiremos en vilo y sujetos a la necesidad de mantener el balde de agua y la totuma en el baño.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

