El 16 de octubre se aprobó, en plenaria de la Cámara de Representantes, el proyecto de Reforma Laboral. La iniciativa, que ya había fracasado una vez, se prepara para su penúltimo debate en el Senado de la República y los ánimos están tensos.
El Gobierno se disputa su victoria legislativa más viable; pues, salvo por la primera tributaria y la Reforma Pensional, su agenda en el Congreso ha fracasado. Para los gremios y algunos sectores de oposición, que no lograron detener el proyecto en Cámara, se trata de una iniciativa sensible, que afectaría no solo el sistema laboral, sino sus propios intereses. Como podrán imaginar, los juegos políticos y económicos alrededor de la Reforma son todos, y no se están haciendo esperar.
Hoy quisiera llamar la atención sobre el trámite de la Reforma, que ha tenido tropiezos desde su presentación. El Gobierno formuló un proyecto sin participación real, donde las voces diversas -sector empresarial, oposición, academia y otros, como colectivos de independientes, informales o desempleados- han sido ignoradas.
Esta falta de diálogo social es, a mi juicio, el mayor pecado del proyecto y ha conducido a una apuesta legislativa inadecuada.
Se trata de una Reforma que, lejos de las necesidades del mundo del trabajo, hace más rígido el sistema. Los altos costos de contratación (aumentos en recargos, licencias, indemnizaciones, etc.), la definición del contrato a término indefinido como relación tipo, las barreras para despedir y el bloqueo de la tercerización, moldean una legislación laboral que impactará negativamente la economía, imposibilitará la creación de empleo, pondrá en jaque a las mipymes -principales empleadoras- y, aún peor, fomentará la informalidad -que representa hoy el 60% del empleo-.
Como decía, hay que ponerle lupa al trámite en Senado.
Luego de prometer que la radicación de la ponencia para tercer debate esperaría a febrero, los senadores ponentes, de manera atropellada, la presentaron el último día de sesiones de 2024, faltando a su compromiso de llevar a cabo audiencias públicas previas.
Como todo, la Reforma tiene virtudes: contempla el trabajo en plataformas digitales, crea el jornal agropecuario, promociona el teletrabajo, reconoce el trabajo de practicantes y aprendices, y continúa protegiendo la sindicalización.
Pero el país debe estar atento. No es aceptable que se imponga una Reforma sin considerar a todos los sectores; especialmente a aquellos que generan empleo y son, en últimas, dolientes de cualquier modificación de las reglas de juego. Si no se integran estas voces y no se legisla sobre la realidad económica y laboral del país, cualquiera que sea la Ley aprobada en Senado, estará condenada a fracasar.
