El inicio de 2025 ha sido extraño para el Caribe colombiano. Después de las lluvias aisladas el último diciembre, los primeros días de enero nos han sorprendido y puesto en alerta con un período de lluvias tan intenso como inédito.
El cambio climático sigue manifestándose y no parece dar tregua. Los pronósticos del clima han perdido confiabilidad, y no precisamente por falta de rigurosidad técnica de los meteorólogos. Las condiciones climatológicas varían sensiblemente en espacios de tiempo muy cortos, lo que provoca que los modelos de predicción no puedan ajustarse a la misma velocidad, haciendo que sus pronósticos no respondan de manera precisa a las condiciones del clima.
Datos de 2024 de la ONU muestran que los efectos del cambio climático están poniendo el foco en el diseño de las ciudades para aumentar la efectividad de las estrategias de adaptación. Sin embargo, esta organización advierte que las urbes están recibiendo en promedio menos del 20% de los recursos de inversión que requieren para ejecutar las estrategias de adaptación al cambio climático necesarias.
Estas preocupaciones son muy cercanas a nosotros. Cartagena es una de las ciudades colombianas más vulnerables al cambio climático y a los episodios de clima extremo; basta recordar las recientes inundaciones. Históricamente, los recursos distritales invertidos en asuntos ambientales y en prevención de desastres han representado menos del 2% del total de los compromisos de inversión.
Datos del Observatorio Ambiental de Cartagena de Indias del EPA advierten sobre el aumento de la temperatura promedio, el aumento en el nivel medio del mar y, por si fuese poco, aumento de eventos extremos de meses lluviosos. También señalan la necesidad de fortalecer y poner en marcha estrategias de adaptación para evitar que en 2040 cerca de 85.000 cartageneros sufran de manera directa los efectos de estos cambios en el clima. Podemos prever los costos en términos de pérdida de competitividad local, desarrollo económico y bienestar social a nivel local, que se tendrían que asumir.
La gestión de las autoridades en implementar estrategias de adaptación al cambio climático no es suficiente, el problema es tan complejo que requiere de mayor atención y colaboración de otros actores en el territorio. Entre ellos, el empresariado, la academia, organizaciones de la sociedad civil, y la concurrencia de la nación, que ha brillado por la poca planificación de sus inversiones. Es hora de asumir un compromiso ciudadano y renovar un pacto social para hacer frente a los desafíos que impone la variabilidad climática en la ciudad.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Profesor del IDEEAS, UTB.
