En el próximo informe relativo a las ciudades más peligrosas del planeta estarán presentes nuevamente las principales ciudades del Caribe colombiano. Este informe será el estudio más actualizado de carácter orbital del cual se tenga conocimiento en relación con las urbes más violentas del mundo, el cual tendrá a su disposición en el ecosistema mediático en el mes de febrero. Cartagena será registrada por tercer año consecutivo dentro de las cincuenta ciudades más violentas del mundo, así como Santa Marta. De igual manera, Barranquilla será reconocida por segundo año sucesivo dentro de las ciudades más letales del planeta.
Cartagena, Santa Marta y Barranquilla estarán en ese deshonroso ranking, producto del incremento desmedido en términos absolutos de asesinatos y de tasas de homicidios por cada cien mil habitantes. El Caribe colombiano está viviendo su cuarta etapa de borrasca criminal de la actual década desde 2022. El turbión criminal pone de manifiesto que en las áreas metropolitanas de estas tres ciudades asesinaron al menos 4.200 personas en el periodo 2022-2024. Barranquilla es la ciudad más violenta del Caribe colombiano y una de las más letales del planeta en términos absolutos de homicidios, seguida de Cartagena y Santa Marta. Empero, no es menos cierto que las dos últimas le superan en términos de tasas de homicidios en el consolidado del periodo 2022-2024.
Los actores estratégicos institucionalizados del Caribe colombiano han perdido el control del territorio. Es una realidad ineludible que no se puede ocultar mediante el subterfugio de experimentos de gobernanza retrasados e interpretaciones maleadas de altruismo genético que se mezclan con varitas mágicas.

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Hans BlumenthalEl deterioro pronunciado de la supremacía y monopolio legítimo de la fuerza y de la violencia en el territorio urbano; derivado de altos índices homicidas, modalidades delictivas comunes, justicia por propia cuenta, encerramiento de calles, gestión abdicada gubernamental y hasta la solicitud de militarización del territorio urbano, patentizan expresiones de un Estado fallido local. Esas consideraciones advierten conglomerados urbanos en los cuales el gobierno y los demás actores estratégicos de la sociedad han perdido el control y su capacidad de gestión de las problemáticas, dejando de ser un lugar de oportunidades para convertirse en un escenario de patologías urbanas que se mezclan con el subterfugio de buen gobierno.
El colapso del control del territorio se manifiesta preferentemente mediante temporadas de borrascas criminales anuales de comportamiento cíclico, las cuales no ocurren en el vacío. Su etiología nos remite a condiciones estructurales de acumulación de disgregación social no atendidas, en las cuales actores estratégicos emergentes de la gobernabilidad encontraron el terreno abonado para fructificar sus intereses y mezclar recursos de poder.