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Columna

No les pasa el tiempo

Aquí es donde el machismo se entrelaza con el ego, formando una trampa que muchos se niegan a ver.

MELIZA SALCEDO ALARCÓN

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El amor es un territorio complejo, aunque hay quienes creen que los complejos somos nosotros. En lo que realmente no hay discusión es que el desamor lo es aún más. Existen personas que, pese a haber terminado una relación en buenos términos, nunca parecen soltar del todo a su expareja. Se mantienen en una especie de limbo emocional, creyendo que siempre tendrán cierto poder sobre la persona con la que compartieron una parte de su vida, como si el vínculo fuera eterno y la puerta nunca se cerrara del todo.

Si bien este comportamiento no es exclusivo de los hombres, es común notar que en muchos casos ellos son quienes más tardan en asumir una ruptura como algo definitivo. Aunque inicien una nueva relación, muchas veces persiste esa idea de que su expareja sigue siendo un territorio accesible, un lugar al que pueden volver cuando quieran, sin mayores complicaciones. Pero ¿por qué sucede esto? ¿Por qué algunos hombres parecen nunca superar del todo a sus exparejas?

Para responder a estas preguntas, es importante analizar algunos factores que influyen en esta persistencia del amor pasado. En primer lugar, está el factor cultural. Desde temprana edad, a los hombres se les ha enseñado que el desapego es sinónimo de fortaleza, que no deben mostrar vulnerabilidad y que una nueva conquista es la mejor manera de superar una ruptura. Sin embargo, esta idea de “seguir adelante” muchas veces es una fachada. En realidad, muchos no hacen un duelo real de la relación que terminó y, en lugar de procesar sus emociones, simplemente las guardan. Como resultado, nunca cierran verdaderamente el capítulo y mantienen abierta esa puerta imaginaria.

Otro punto para analizar es el ego. Para algunos hombres, la idea de ser olvidados les resulta insoportable. No siempre es amor lo que los ata, sino el temor de volverse irrelevantes en la vida de quien un día les otorgó un lugar especial. No es el deseo de volver, sino la necesidad de seguir presentes, de que su nombre resuene aún en la memoria ajena, como un eco de lo que alguna vez fueron.

Aquí es donde el machismo se entrelaza con el ego, formando una trampa que muchos se niegan a ver. Está en la soberbia de quienes creen que “como yo te pisé, nadie más te pisará”, en la arrogancia de quien se convence de que “ninguno como yo”. Es una mentalidad de posesión, un intento de dominio sobre lo que ya no les pertenece y que, de hecho, nunca les perteneció, porque nadie posee a nadie. No es casualidad que Karol G haya tenido que cantar que su ex tenía razón cuando le dijo que no encontraría a alguien como él, solo para descubrir que, en realidad, encontró a alguien mejor.

No es mentira que la idealización del pasado juega un papel importante. Con el tiempo, tendemos a recordar solo los momentos buenos y minimizar los conflictos o razones que llevaron a la ruptura. Para algunos hombres, esto se traduce en una sensación de nostalgia que los hace creer que esa relación nunca estuvo realmente terminada, sino que simplemente quedó en pausa.

De ahí que exista un miedo absurdo al cierre. Aceptar que una relación terminó significa enfrentarse a la realidad de que esa persona ha seguido adelante, que el amor que existió ya no es el mismo y que, probablemente, ya no hay un lugar para ellos en su vida. Para algunos, esta idea es difícil de asimilar, por lo que prefieren mantenerse en la sombra, enviando mensajes de vez en cuando, dejando comentarios ambiguos o apareciendo en momentos inesperados, como si buscaran recordarle a su expareja que aún están ahí, disponibles y atentos.

Sin embargo, lo más curioso es que esta actitud rara vez es recíproca (sí, habrá excepciones). Muchas mujeres, cuando terminan una relación, cierran ciclos de manera más definitiva. No porque sientan menos o porque el amor se extinga más rápido, sino porque, en general, están más dispuestas a enfrentar, de manera inmediata, el proceso emocional que implica una ruptura. No buscan aferrarse a una puerta entreabierta, sino que, con el tiempo, encuentran formas de construir nuevos caminos sin depender del pasado.

Por eso es importante reflexionar y entender que superar una relación no significa olvidar a la persona, sino aceptar que el rol que tenía en nuestra vida ha cambiado. Aquel que insiste en mantener un control ilusorio sobre su expareja no solo está negándose a avanzar, sino que, en muchos casos, impide que la otra persona lo haga con libertad. El amor que alguna vez existió merece respeto, pero el amor propio también. Saber soltar no es perder, es reconocer que algunas historias tienen un final y que está bien dejarlas en el pasado.

Si usted mujer que lee esto se siente identificada, aférrese a su decisión, la mayoría de las veces, volver ahí es revivir una historia que no merece ser contada dos veces. No ignores las razones que te hicieron irte la primera vez. Tener autoestima y amor propio no es, es respeto por todo lo que has aprendido y por la mujer en la que te has convertido.

Si usted hombre lee esto y se siente identificado, aprenda que el amor no se mendiga ni se impone. Si alguien decidió irse, respete su decisión (si se fue usted, con mayor razón) y enfoque su energía en crecer, en sanar y en convertirse en una mejor versión de sí mismo. Pues, aferrarse al pasado solo retrasa el futuro que realmente merece.

Y si no se siente identificado, siga de largo y no asuma que estoy generalizando sin razón, porque esta es la realidad de muchas mujeres. ¿O no?

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