Era un febrero de brisas frías en Cartagena, en nuestra casa, el verdadero frío comenzaba a las 5 a. m. Mi madre, con su amorosa voz, nos despertaba a mis hermanos y a mí, aún soñolientos, para prepararnos en el primer día de clases.
Por aquel entonces, el agua que salía de la regadera era más fría que los abrazos de un cachaco. No teníamos ese lujo moderno del agua caliente por gas; en su lugar, existía un sistema complicado eléctrico que podía poner a cualquiera en un aprieto. Una palanca que, si bajabas con un poco más de ímpetu, hacía que el baño se convirtiera en un set de películas de horror. Se decía que unos vecinos que probaron el sistema fueron a dar con sus huesos electrocutados al hospital, ¡así que mejor evitarlo!
Te puede interesar:
El camino se llama estrategia
Gracias a su ingenio, mamá en esa época llenaba de agua unos tanques en el baño de color azul, los que mezclaba con agua hirviendo que calentaba en la estufa, logrando una mixtura térmica que a veces era peligrosa y siempre divertida, encontrar que el agua estuviera tibia para sus hijos era una ciencia. “Pechichonerías”, pensaba yo en medio del vapor, mientras que mis hermanos, más despiertos, se burlaban de mis esfuerzos al echarme los totumazos de agua caliente, que permitiera en la piel, pasar la prueba del colegio del baño, que era la de que un compañero te pasaba la uña por la piel del brazo y, si no se hacía una marca blanca por la incisión realizada, quedabas como puerco porque no te habías aseado. Sabíamos que, en febrero, el agua fría le daba la bienvenida a cualquiera que se atreviera a tocarla. ¡Qué manera tan memorable de empezar el día!
Los primeros días del nuevo curso eran además un desfile de nervios y expectativas. ¿Con quién me tocaría clases este año? ¿Habría compañeros nuevos? ¿Cuál sería el número que me tocaría? Por comenzar mi apellido con la letra a, siempre estaba entre los 5 primeros. Cuando el profesor comenzaba a llamar lista, yo entre risas escuchaba: “Angulo”, decía él, y desde el fondo del salón resonaba: “¡Te puyo el culo!” y después, “Arrieta”, mi segundo apellido: “¡Busca un burro!”. Me tenía que armar de valor y, de una vez lanzarme a una discusión evitando el acoquine o bullying, aunque no sin un par de trompadas antes en el recreo.
Los recuerdos del colegio son como el agua de la olla de mi madre, mezclados en una experiencia inexorablemente atemporal, en donde se aprende que las amistades que se forjan en esos días son fuertes, como la más caliente de las aguas: una mezcla inigualable que, aunque fría en el inicio, se convierte en el recuerdo más cálido de la vida. ¡Qué linda época la de la escuela!
“Meninisse est vivere”.