Columna

La Generación Ansiosa

“Por el bienestar emocional de esta generación, es urgente que padres y docentes asuman un rol activo en la educación digital...”.

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Christian Ayola
03 ABR 2025 - 12:00 AM

A partir de la alarma que ha despertado en algunos padres responsables la reciente serie Adolescencia, varios me han solicitado ampliar información sobre los efectos adversos de la tecnología y las redes sociales en menores de edad.

El cambio de una crianza tradicional hacia una influenciada por la tecnología no ocurrió bruscamente; ha sido un fenómeno gradual, intensificado por la llegada de los teléfonos inteligentes y el auge de las redes sociales, que transformaron la manera en que las familias interactúan y educan a sus hijos. Desde la década de 2010, con la expansión de los dispositivos móviles y las plataformas digitales, la tecnología se convirtió en un elemento central en la vida cotidiana de muchas familias.

Muchos padres se mostraban orgullosos cuando su niño de tres años manejaba la tableta y, a los cinco, el celular y el computador. Decían: “¡Qué inteligente es Pepito! Estos niños ya vienen con un chip en la cabeza”. Soñaban con que, a los 18 años, estaría ese niño en Silicon Valley y sería más exitoso que Bill Gates. Existía la falsa creencia de que el acceso temprano a la tecnología potenciaría la inteligencia. Sin embargo, hoy los estudios apuntan en dirección contraria.

Está comprobado que, durante la infancia, el uso excesivo de dispositivos tiene un impacto negativo en el desarrollo cognitivo y social, al limitar el tiempo dedicado a actividades esenciales como el juego físico, la interacción directa y la exploración del entorno. La exposición prolongada a pantallas afecta la atención, la capacidad de concentración y fomenta la impaciencia, producto de la gratificación instantánea que ofrecen muchas aplicaciones. Además, la luz azul de las pantallas interfiere con los ciclos de sueño, perturbando el descanso y, con ello, el desarrollo mental.

Los adolescentes también pueden ser víctimas del ciberacoso, con graves consecuencias emocionales. Las redes sociales promueven comparaciones constantes con los demás, lo que genera inseguridades y problemas de autoestima. Su uso excesivo conduce al aislamiento y a la pérdida de habilidades sociales para las relaciones en el mundo real.

La crianza defectuosa por parte de muchos padres —producto de sus ausencias, trabajos, culpas o la falta de espacios sanos para la comunicación empática y asertiva— limita la creación de vínculos seguros. Este vacío emocional en los adolescentes suele ser llenado por las redes virtuales, lo que incrementa la “ciberadicción” y conductas de riesgo como el cutting, trastornos de la alimentación o la integración a nuevas “tribus cibernéticas”.

Todo esto se traduce en un aumento preocupante de los niveles de ansiedad, depresión, conductas suicidas e incluso el inicio temprano de trastornos de personalidad.

Por el bienestar emocional de esta generación, es urgente que padres y docentes asuman un rol activo en la educación digital, estableciendo límites claros para el uso de la tecnología durante la infancia y la adolescencia. Su salud mental, y la de la sociedad que construirán, dependen de ello.

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