En otro de sus desplantes, Trump exigió bajar un retrato oficial de sí mismo del Capitolio estatal de Colorado, encontrándolo ‘distorsionado adrede’ y considerando que Obama “salió mejor”, cuando la misma artista, Sarah Boardman, lo pintó en 2019. Contrasta esta polémica por una obra tan modesta e inofensiva, con las que hubo por esas semblanzas recientes de los Obama o de la monarquía europea, que son apuestas pictóricas mucho más audaces para un retrato oficial. Sin captar las imperfecciones del sujeto con la sutil malicia psicológica del trazo goyesco, el lienzo de Boardman lo presenta más bien en clave impersonal, a la vez académica y naif. La imagen que Trump busca proyectar al mundo es muy distinta: en la fotografía oficial de su segunda presidencia, rompe con la larga tradición bipartidista de sonrisas corporativas -incluida la suya- y repite la mueca desafiante que lució para su foto policial viral de 2023.
En la nueva balanza no caben simpatías ni empatías: un líder ya no es quien logre suscitar confianza sino temor, como a la antigua usanza. Su poder prevalece por la minuciosa elaboración de ficciones que aprovechan el colapso provocado de la cultura general, para erigirse en pauta para millones de seres humanos. Reducido a los nuevos moldes en las plataformas digitales y redes sociales, el arte es vulgarmente asediado por opiniones improcedentes con saña equiparable a la de los extremistas arrasando con los tesoros humanos de Alepo. La irresponsabilidad de la izquierda, adormecida por décadas desperdiciadas en retóricas antagonistas y en románticas exaltaciones del desamparo, condujo ya no a un fortalecimiento o recrudecimiento de la derecha, sino a la disolución completa e irreversible de los espectros políticos heredados de la Revolución Francesa. Rota la brújula política, el mundo bascula hacia esas distopías en que -disueltos los gobiernos- unas pocas corporaciones controlan vastos sectores de la sociedad y sus recursos.
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Antes de la pandemia, la comunidad aún estaba en funciones: de los chalecos amarillos franceses a las protestas latinoamericanas, las reacciones a los abusos de las élites elucidaron la brutal constatación de una crisis mundial ineludible. Con el virus, cedimos a medidas dictatoriales con las que nadie en su sano juicio habría estado de acuerdo una hora antes, y se mitigó en enorme medida la disensión. Declarada la normalidad es evidente que ya nada es normal y que además es tabú romper esa frágil delusión pública. Es posible que se haya neutralizado subrepticiamente nuestro potencial popular de detener los atropellos y revertir las políticas dañinas, adiestrados como lo estamos al son de tantas narrativas distópicas: aclimatados poco a poco a lo apocalíptico, ya no nos sorprende en absoluto toparnos de pleno con ello.